Mundial de Futbol
“El gran negocio”
Jesús Elorza
En su ensayo La
civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa plantea una tesis
demoledora: la cultura actual prioriza el entretenimiento sobre los valores
intelectuales, transformando la política, la religión y el arte en meras formas
de diversión superficial. El fútbol profesional no escapa a esta metamorfosis.
Lo que nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular ha
sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática. La reciente
evolución del negocio de la FIFA —con sus ingresos proyectados de 11.000
millones de dólares para el ciclo actual y la expansión del Mundial a 48
selecciones y 104 partidos— es el reflejo exacto de esta mutación. El deporte
ya no se justifica por el juego en sí, sino por su capacidad para generar un
show permanente que mantenga cautiva a la audiencia global.
Esta obsesión por
maximizar el inventario comercial —más minutos de publicidad, más vallas, más
productos bajo licencia— demuestra que en la civilización del espectáculo todo
activo es vendible si garantiza entretenimiento. Sin embargo, detrás de la
brillante escenografía de las transmisiones en alta definición, las zonas de
aficionados y el lujo corporativo de los paquetes de hospitalidad, se esconde
una realidad mucho más sombría: una profunda degradación ética institucional
que operó con impunidad durante décadas.
El terremoto judicial del
"FIFA-Gate" en 2015 desnudó cómo la corrupción se convirtió en el
mecanismo sistemático de gestión en todas las confederaciones regionales del
planeta. Desde Sudamérica con la Conmebol hasta el Caribe con la Concacaf,
pasando por los feudos federativos de África, Asia y Oceanía, los derechos de
transmisión televisiva y la asignación de las sedes mundialistas se
convirtieron en mercancías al mejor postor. Presidentes de federaciones y altos
directivos vendían sus votos y adjudicaban contratos a cambio de sobornos
millonarios ocultos en paraísos fiscales. Dirigentes extravagantes utilizaron
los fondos destinados al desarrollo del fútbol base para financiar estilos de
vida suntuosos, mientras los países sedes asumían deudas públicas colosales
construyendo estadios condenados a convertirse en "elefantes
blancos".
Aquí es donde la
investigación económica del fútbol conecta perfectamente con la crítica de
Vargas Llosa. En una sociedad donde el valor supremo es la diversión, la
estética desplaza por completo a la ética. Mientras el balón ruede y el
espectáculo sea lo suficientemente atractivo, los aficionados y los grandes
patrocinadores tienden a apartar la mirada de las dinámicas criminales
subyacentes. El escándalo de los sobornos, la malversación de fondos
institucionales y la impunidad de los dirigentes fueron tolerados durante años
porque la maquinaria del show no podía detenerse.
Aunque tras las
intervenciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos la FIFA se
vio obligada a implementar reformas estructurales —como auditorías estrictas a
través de los programas FIFA Forward y la limitación de mandatos—, el
fútbol profesional sigue bajo constante sospecha. El modelo actual no ha
renunciado a la espectacularidad; al contrario, la ha profundizado. El negocio
del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de
millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un
entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol
en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la
ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo
garantiza rentabilidad.
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