El vacío de la respuesta del régimen al
terremoto
Jesús Elorza
La ocurrencia de
desastres socio ambientales, de naturaleza sísmica, desnuda de forma inmediata
el nivel de resiliencia y el apresto operacional de las instituciones de un
país. Ante los devastadores efectos de un reciente movimiento sísmico, la
respuesta del régimen venezolano evidenció un profundo vacío estructural,
arraigado en la incapacidad operativa, el desmantelamiento logístico y la total
ausencia de protocolos preventivos rigurosos. En lugar de articular una acción
institucional articulada, técnica y eficiente, la fase inicial del desastre se
caracterizó por una severa ineficiencia del funcionariado público, delegando de
facto el rescate de las víctimas atrapadas bajo los escombros en manos de la
sociedad civil desasistida.
El colapso de la
respuesta oficial no fue un accidente, sino el resultado de años de
desmantelamiento institucional. Los puntos clave de este vacío gubernamental
incluyen:
- Ausencia total de maquinaria y
equipos: Zonas fuertemente golpeadas, como el
estado La Guaira, enfrentaron saqueos y colapsos estructurales graves sin
la más mínima presencia del Estado. Ante la escasez absoluta de maquinaria
pesada —como retroexcavadoras y payloaders— y la falta de equipos
especializados de búsqueda y rescate, los civiles se vieron obligados a
intentar remover inmensas masas de concreto utilizando únicamente sus
manos y herramientas caseras.
- Vacíos legales e improvisación
técnica: En medio de la confusión, el alto
mando decretó una "emergencia nacional", una figura jurídica que
no existe en la Constitución de la República Bolivariana de
Venezuela. Expertos en derecho constitucional señalaron de inmediato que
el marco legal aplicable para catástrofes y calamidades públicas es
estrictamente el Estado de Alarma. La Constitución establece una
lista cerrada de tres estados de excepción:
- Estado de Alarma:
Diseñado de forma preventiva para catástrofes y calamidades públicas (con
una duración de hasta 30 días, prorrogable).
- Estado de Emergencia Económica:
Para coyunturas financieras extraordinarias.
- Estado de Conmoción Interior o
Exterior: Para conflictos que amenacen la
seguridad nacional.
El uso de un término
inventado evidenció una profunda ignorancia y una total improvisación en la
gestión de riesgos. Técnicamente, el estado de alarma se declara
preventivamente para alistar recursos ante un fenómeno inminente, mientras que
el estado de emergencia busca ejecutar acciones inmediatas. Al inventar un
concepto, el régimen solo demostró su incapacidad técnica para manejar el
desastre.
- Reacción tardía:
Mientras la ciudadanía reportaba con desesperación la desaparición de
miles de personas bajo las ruinas, la cúpula oficialista tardó hasta 24
horas en coordinar comparecencias gubernamentales y dar una fe de vida
institucional, demostrando una preocupante lentitud y falta de empatía.
Crítica institucional:
Militarización y control antes que ayuda
La prioridad fundamental
del régimen no se centró en el despliegue inmediato y coordinado de asistencia humanitaria,
sino en la preservación de su propia arquitectura de control. Esto se tradujo
en el nombramiento apresurado de autoridades militares de corte netamente
político, cuya formación técnica en materia de gestión de riesgos, ingeniería
de rescate o atención prehospitalaria era nula. El escenario de la tragedia fue
rápidamente militarizado con el propósito de ejercer un control informativo y
territorial absoluto, bloqueando iniciativas ciudadanas autónomas sin aportar
soluciones reales a la desesperada situación comunitaria.
"En lugar de actuar conjuntamente con
un pueblo voluntarioso y comprometido en ayudar a sus compatriotas afectados
por el terremoto, el régimen, fiel a su esencia autoritaria, prefirió
militarizar la situación y darle la espalda a los afectados..."
Lejos de facilitar el
apoyo, la administración implementó un control burocrático restrictivo a través
de la obligatoriedad de un registro en las instalaciones del Poliedro de
Caracas con el fin de emitir una credencial de acceso a las zonas de desastre.
Mientras los funcionarios encargados de dicho trámite operaban bajo esquemas rígidos
de "horario de oficina", miles de voluntarios, médicos y rescatistas
se vieron retenidos en prolongadas colas y horas de espera forzosa, retardando
el auxilio en los focos críticos. A este panorama se sumaron declaraciones de carácter
sectario por parte de autoridades locales; tal es el caso de un alcalde que
instó públicamente a sus milicianos comunales a vigilar y denunciar si miembros
de sectores de la oposición política organizaban centros de acopio o redes de
ayuda voluntaria, manifestando explícitamente que la gestión del desastre era
materia de monopolio exclusivo del régimen, aun cuando dicha ayuda estatal no
se materializaba en el terreno.
En conclusión, el vacío
en la respuesta estatal frente al terremoto pone de relieve el proceso de
desinstitucionalización que atraviesa el país, donde las estructuras preparadas
para la defensa y asistencia ciudadana han sido supeditadas a lógicas de
control político y seguridad de Estado. Mientras la gestión interna colapsaba
entre la ineficiencia operativa y las restricciones burocráticas, fueron los
equipos de asistencia internacional y la solidaridad de la propia sociedad
civil organizada los que asumieron la primera línea de rescate, mitigando el
impacto de una tragedia que el Estado fue incapaz de gestionar.
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