jueves, 18 de junio de 2026

 
















Delcy con el nuevo Sai Baba

Jesús Elorza

En una búsqueda desesperada de respuestas que ni el manual de geopolítica más audaz ni los asesores de imagen logran descifrar, la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha decidido elevar sus consultas al plano de la mística oriental. Con el fervor que solo otorgan las crisis de sucesión, empacó sus túnicas de seda y un cargamento de incienso para emprender un viaje espiritual rumbo al centro de Sathya Sai Baba en la India. El objetivo real de la misión no era la iluminación del alma, sino resolver una incógnita judicial que quita el sueño en los pasillos de Miraflores.

A sabiendas de que Sai Baba era el santo de devoción absoluta de su camarada Nicolás, Delcy interrumpió la rigurosa rutina de los monjes locales para interceder ante el plano astral. Entre las sesiones obligatorias de meditación (dhyana), el canto hipnótico de mantras y unas cuantas asanas de yoga que pusieron a prueba la flexibilidad diplomática de la comitiva, la alta funcionaria soltó la pregunta del millón de petrodólares.

Con las manos en posición de loto, pero la mente fija en los tribunales del Distrito Sur de Manhattan, Delcy inquirió con vehemencia a los monjes del centro si existía la más remota posibilidad cósmica de que Maduro lograra la libertad tras su captura y confinamiento en Nueva York, o si, por el contrario, el destino le deparaba una larga y definitiva condena a la sombra.

“Esta respuesta es clave para la estabilidad de nuestro gobierno”, confesaba Delcy a los asombrados religiosos, sin un ápice de timidez. En un arranque de sincera devoción por el pragmatismo político, la vicepresidenta no ocultó las verdaderas aspiraciones del ala civil del proceso: que el inquilino de la prisión neoyorquina jamás encuentre el camino de regreso. Solo así, libre de tutelajes incómodos, se podría garantizar la culminación pacífica del mandato del tándem dinástico (su hermanito Jorge y ella) de cara al ya cercano año 2030. Un plan perfecto que, según sus proyecciones astrales, contaría con el inesperado favor, la protección y el pragmatismo transaccional de Donald Trump, abriendo las compuertas, ¿por qué no?, a una cómoda reelección.

Para destrabar el nudo cósmico y convencer a las divinidades orientales de las ventajas de mantener a Nicolás tras las rejas norteamericanas, Delcy desplegó su mejor oferta de diplomacia comercial y teológica. Sugirió que la mejor salida para resguardar el honor del proceso y mostrar respeto por el legado de Sai Baba era realizar una transmutación mística: declarar al camarada Nicolás como un "discípulo iluminado", presentándolo ante el mundo como el nuevo, místico y revolucionario Sai Baba del Siglo XXI.

Para sellar el pacto ecuménico, la oferta incluyó incentivos terrenales muy jugosos. Delcy ofreció formalmente a la fundación un suministro constante de petróleo a precio preferencial, una jugada maestra para que el santuario no tenga que seguir dependiendo del complejo y sancionado crudo ruso. Como muestra de buena fe y anticipo del trato, la delegación desembaló una enorme imagen del "nuevo iluminado", un retrato de Nicolás luciendo su clásico bigote pero rodeado de un aura naranja fluorescente.

Eso sí, la única condición estricta plasmada en el contrato espiritual fue una petición de oración perpetua. Delcy imploró a los monjes que concentren todos sus cantos, rezos y energías en asegurar la permanencia ininterrumpida de Nicolás en su actual sitio de reclusión. La justificación técnica de la vicepresidenta no dejó margen de duda: si el nuevo Gurú de la revolución llegase a salir en libertad y regresara al país, perdería de inmediato y de forma catastrófica su recién adquirida condición de iluminado debido a los permanentes, crónicos e implacables cortes de luz que azotan a la nación. La iluminación, al parecer, solo es sostenible bajo el fluido eléctrico de una prisión federal.

 

 

 

 







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