domingo, 21 de junio de 2026

 









El fútbol y los dictadores

Jesús Elorza

Una dictadura es un régimen político donde el poder se concentra en una sola persona o élite, suprimiendo la separación de poderes, vulnerando los derechos humanos, e impidiendo elecciones libres o plurales.: 

Un gobierno dictatorial puede clasificarse en cinco tipologías: dictadura militar, dictadura de partido único, dictadura personalista, dictaduras monárquicas y dictadura híbrida (esta última combina elementos de las dictaduras personalistas, de partido único y militares).

El fútbol es el fenómeno social más masivo del planeta, y precisamente por su inigualable capacidad para movilizar pasiones, moldear la identidad colectiva y distraer a las masas, ha sido históricamente codiciado por regímenes autoritarios, totalitarios y dictatoriales. El uso del fútbol por parte de las dictaduras se resume principalmente en tres herramientas políticas: el populismo y distracción (pan y circo), el sportwashing (lavado de imagen internacional) y el control social o adoctrinamiento.

A continuación, se presenta una investigación exhaustiva de cómo diversos dictadores y regímenes autocráticos han instrumentalizado el balompié a lo largo de la historia y en el panorama geopolítico actual.

I. Los Pioneros del Siglo XX y los Regímenes Totalitarios

Benito Mussolini (Italia)

El fascismo italiano fue el primero en comprender el fútbol como una herramienta de propaganda de masas a gran escala. Mussolini controló la Federación Italiana, nacionalizó jugadores sudamericanos de ascendencia italiana (oriundi) y organizó el Mundial de Italia 1934 bajo un clima de extrema intimidación. El bi campeonato (1934 y 1938) fue utilizado para "vender" la supuesta superioridad física y organizativa de la raza y el Estado fascista.

Adolfo Hitler Alemania Nazi (1933-1945): Régimen totalitario dirigido por Adolf Hitler, caracterizado por el fascismo, el control absoluto de la sociedad y el Estado, la persecución sistemática de minorías y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. 

Iósif Stalin (Unión Soviética)

En la URSS, los clubes de fútbol nacieron vinculados a los aparatos del Estado: el Dinamo de Moscú pertenecía a la policía secreta (NKVD, dirigida por el temido Lavrentiy Beria) y el CSKA al Ejército Rojo. Stalin veía el fútbol como una forma de promover el colectivismo socialista y la disciplina. La rivalidad entre el Dinamo de Beria y el Spartak de Moscú (el "equipo del pueblo", fundado por los hermanos Starostin, quienes terminaron en el Gulag) demostró cómo el fútbol era un tablero de ajedrez político mortal.

España (1939-1975): Dictadura militar y autoritaria liderada por el general Francisco Franco tras ganar la Guerra Civil española, consolidando un Estado nacionalcatólico y reprimiendo a los movimientos políticos de izquierda. 

Jorge Rafael Videla (Argentina)

La junta militar argentina organizó el Mundial de 1978 en medio de una de las dictaduras más sangrientas de América del Sur. A pocas cuadras del Estadio Monumental de River Plate, donde Argentina se coronó campeona, funcionaba la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), el mayor centro clandestino de detención y tortura. Videla utilizó el triunfo de la selección para limpiar la imagen internacional del país y encubrir las violaciones a los derechos humanos bajo un manto de euforia nacionalista.

Fidel Castro (Cuba)

Aunque Fidel Castro era un ferviente apasionado del béisbol, entendió el valor del fútbol como vector de diplomacia internacional y resistencia. Bajo su régimen, el deporte se estatizó, eliminando el profesionalismo en favor del "deporte amateur revolucionario". Castro utilizó el fútbol para estrechar lazos con figuras antiimperialistas internacionales; su estrecha e histórica amistad con Diego Armando Maradona sirvió para proyectar una imagen de simpatía global hacia la Revolución Cubana.

Mao Zedong (China)

Mao promovió el deporte bajo la premisa de "promover la cultura física y mejorar la salud del pueblo" para servir a la producción y la defensa nacional. Durante la Revolución Cultural, el fútbol competitivo y profesional fue prácticamente desmantelado por considerarse un vicio burgués. Sin embargo, Mao sentó las bases del uso geopolítico del deporte mediante la "diplomacia del ping-pong", una estrategia que años más tarde heredaría el fútbol de su país.

II. El Eje del Autoritarismo Contemporáneo y Euroasiático

Xi Jinping (China)

A diferencia de Mao, el actual mandatario de China es un confeso fanático del fútbol y ha convertido este deporte en una política de Estado de alta prioridad geopolítica. Xi Jinping trazó un plan con tres objetivos: clasificar a un Mundial, albergar un Mundial y ganarlo. El régimen inyectó miles de millones de dólares a la liga local a través de corporaciones aliadas y ordenó la inclusión del fútbol en el currículo escolar obligatorio. Para Pekín, el fútbol es un símbolo de "rejuvenecimiento nacional" y una vía para proyectar el soft power (poder blando) de la superpotencia.

Vladímir Putin (Rusia)

Putin perfeccionó el sportwashing moderno al organizar el Mundial de Rusia 2018. El régimen utilizó el torneo para presentar una Rusia moderna, amigable y económicamente robusta, disipando temporalmente las críticas por la anexión de Crimea en 2014. El fútbol en Rusia está estrechamente ligado a los oligarcas leales al Kremlin, quienes financiaron estadios y clubes como una muestra de sumisión y apoyo al proyecto estatal de Putin.

Aleksandr Lukashenko (Bielorrusia)

Considerado frecuentemente como un autócrata de la vieja guardia europea, Lukashenko ejerce un control absoluto sobre el deporte en su país. Durante las masivas protestas pro-democracia de 2020, el régimen persiguió, encarceló y forzó al exilio a futbolistas y entrenadores que firmaron cartas exigiendo elecciones libres. En Bielorrusia, los clubes y la federación son extensiones de los ministerios del Estado, y el fútbol es utilizado como una fachada de normalidad institucional.

III. El Socialismo del Siglo XXI y América Latina

Hugo Chávez y Nicolás Maduro (Venezuela)

El chavismo transformó radicalmente la relación del Estado con el fútbol, bautizando a la selección nacional como la "Vinotinto bolivariana". Hugo Chávez utilizó la Copa América 2007 (organizada en Venezuela tras una inversión multimillonaria en estadios) como una vitrina de propaganda de su proyecto socialista.

Bajo el régimen de Nicolás Maduro, el fútbol nacional ha sufrido un control centralizado; las transmisiones televisivas de la liga local han estado vinculadas a los canales estatales, y los estadios han sido frecuentemente escenarios de actos políticos. Al mismo tiempo, el fútbol profesional venezolano ha enfrentado graves crisis de desregulación y deudas laborales debido al colapso institucional.

Daniel Ortega (Nicaragua)

En Nicaragua, donde el béisbol es el deporte rey, el régimen de Ortega y Rosario Murillo ha incrementado su control sobre el fútbol en años recientes a medida que este ganaba popularidad entre la juventud. Equipos históricos y federativos operan bajo la estricta vigilancia del partido de gobierno (FSLN). El régimen utiliza los éxitos deportivos locales para promover narrativas de paz y estabilidad, mientras mantiene una férrea censura sobre cualquier manifestación disidente dentro de las canchas.

IV. Dinastías Asiáticas y Autocracias Africanas

Kim Jong-un (Corea del Norte)

El régimen dinástico de los Kim ve el fútbol bajo una doctrina de orgullo nacionalista extremo y aislamiento. Cuando la selección de Corea del Norte clasifica a torneos internacionales (como el Mundial de 2010), el régimen controla estrictamente las transmisiones televisivas (editándolas o censurándolas si el equipo pierde). Los atletas son considerados "soldados del deporte" que compiten para glorificar al Líder Supremo; los fracasos deportivos suelen acarrear severas amonestaciones ideológicas y humillaciones públicas para los planteles.

Teodoro Obiang (Guinea Ecuatorial)

En el poder desde 1979, Obiang ha utilizado el fútbol para maquillar la percepción internacional de su régimen, caracterizado por la concentración de la riqueza petrolera y la pobreza extrema. Guinea Ecuatorial organizó las Copas de África (AFCON) de 2012 y 2015 en momentos de severo cuestionamiento internacional. Su hijo, el vicepresidente "Teodorín" Obiang, utiliza la financiación de la selección nacional (Nzalang Nacional) y la nacionalización exprés de jugadores extranjeros como una herramienta de relaciones públicas personales.

Paul Biya (Camerún)

Biya, gobernando Camerún desde 1982, ha convertido los éxitos de los "Leones Indomables" (la selección nacional) en su principal calmante social. Cada vez que Camerún gana un título o avanza en un Mundial, el régimen decreta días feriados y capitaliza políticamente el orgullo étnico y nacional para difuminar las tensiones de la guerra civil latente en las regiones anglófonas. El control de la Federación Camerunesa de Fútbol siempre ha estado bajo la tutela directa del palacio presidencial.

Mahamat Déby / Régimen de Chad

Tras la muerte de Idriss Déby, su hijo Mahamat Déby consolidó una junta militar que utiliza el deporte como mecanismo de control. En Chad, el fútbol sufre de una severa interferencia gubernamental; el Ministerio de Deportes ha disuelto federaciones de fútbol enteras por no alinearse con las directrices de la junta, lo que ha provocado en diversas oportunidades la suspensión de la FIFA. El deporte se utiliza allí para mantener ocupada a una población joven sumida en crisis humanitarias.

V. Teocracias y Regímenes de Oriente Medio y Asia Central

Régimen / País

Método de Instrumentalización del Fútbol

Objetivo Político Principal

Arabia Saudita

Fichajes multimillonarios (Liga Saudí), compra del Newcastle United, adjudicación de la Copa del Mundo.

Sportwashing global y diversificación económica de la agenda Vision 2030.

Irán

Prohibición histórica del acceso de mujeres a estadios, censura a futbolistas disidentes.

Control moral teocrático y represión del activismo social.

Afganistán (Talibán)

Suspensión del fútbol femenino, estricta regulación de la vestimenta y horarios en el fútbol masculino.

Imposición de la Sharia radical y anulación de los derechos de la mujer.

Eritrea

Control militarizado de las delegaciones deportivas.

Evitar las deserciones masivas de futbolistas que buscan asilo político en el extranjero.

El caso de Arabia Saudita y el Sportwashing moderno

El régimen de la península arábiga ha redefinido el uso del fútbol en el siglo XXI. A través de su Fondo de Inversión Pública (PIF), el Estado adquirió los principales clubes de su liga nacional para atraer a las máximas estrellas del fútbol mundial mediante salarios astronómicos. Esta estrategia busca desviar la atención global de los informes sobre violaciones a los derechos humanos y la persecución de disidentes, posicionando al país como un eje global del entretenimiento.

Irán y la Resistencia en la Cancha

En la República Islámica de Irán, el fútbol ha sido un campo de batalla ideológico. Por décadas, el régimen prohibió la entrada de mujeres a los estadios de fútbol, una política teocrática que cobró visibilidad mundial con el trágico caso de la "Chica Azul" (Sahar Khodayari), quien se inmoló tras enfrentar penas de cárcel por colarse a un partido. Durante las recientes olas de protestas, el fútbol se convirtió en un espacio de disidencia: los jugadores de la selección nacional se negaron a cantar el himno en el Mundial de 2022 en solidaridad con las mujeres iraníes, desafiando directamente la censura del régimen.

Conclusión

La exhaustiva revisión histórica y geopolítica plasmada en esta investigación demuestra, de manera categórica, que el fútbol jamás ha sido "solo un juego". Por el contrario, se erige como uno de los dispositivos de control social, propaganda y manipulación política más potentes y efectivos de los siglos XX y XXI. Para los regímenes autoritarios, totalitarios y dictatoriales —sin importar el sesgo ideológico de su bandera, ya sea la extrema derecha fascista, el colectivismo soviético, el socialismo del siglo XXI o las teocracias absolutistas—, los noventa minutos que dura un partido representan un codiciado microcosmos de dominación.

A través del análisis de las diversas épocas, se pueden sintetizar tres grandes dinámicas en la relación entre el fútbol y las dictaduras:

1. La domesticación de la masa y el Sportwashing

El fútbol opera como el perfecto opio contemporáneo cuando es instrumentalizado por el poder. Desde la Italia de Mussolini y la Argentina de Videla, hasta la Rusia de Putin o el despliegue multimillonario de Arabia Saudita, los gobernantes autocráticos han utilizado los grandes torneos para activar un nacionalismo irracional que adormece la crítica interna. El sportwashing o lavado de imagen a través del deporte no es una anomalía moderna, sino una política de Estado diseñada para limpiar expedientes de violaciones a los derechos humanos y proyectar una falsa sensación de prosperidad, normalidad y paz social ante la comunidad internacional.

2. El secuestro de la identidad colectiva

Las dictaduras tienden a canibalizar las estructuras del fútbol. Al rebautizar selecciones como símbolos de procesos revolucionarios (como ocurrió con la "Vinotinto bolivariana" bajo el chavismo) o al controlar militarmente los clubes y federaciones (como en los casos de Bielorrusia, Corea del Norte o Chad), los regímenes buscan que el amor natural del ciudadano por sus colores deportivos se traduzca, de forma inconsciente, en una sumisión o lealtad hacia el dictador de turno. El balón deja de ser un objeto lúdico y se convierte en un acumulador de intención y un vector energético de psicología de masas.

3. La doble naturaleza del juego: El campo de la disidencia

Sin embargo, el hallazgo más esperanzador de este estudio radica en la naturaleza indomable del fútbol. Al ser un fenómeno vivo que pertenece a la gente, el mismo escenario hipercontrolado que los tiranos construyen para su glorificación suele convertirse en el catalizador de su propia vulnerabilidad. Cuando los jugadores de Irán se niegan a cantar su himno, cuando las gradas se transforman en zonas de protesta donde el eco de la censura no puede callar los gritos de libertad, o cuando el talento individual alcanza ese estado de gracia indomable que escapa a la rigidez del orden táctico estatal, el fútbol recupera su esencia.

En última instancia, el fútbol es un fractal de la experiencia humana. Nos apasiona porque en la cancha se dirimen las mismas fuerzas sutiles que rigen el universo: el orden contra el caos, la resistencia frente a la agresión, y la eterna búsqueda de justicia. Mientras existan dictaduras que pretendan aplastar la dignidad de los pueblos bajo el peso del autoritarismo, el fútbol seguirá siendo disputado; a veces como el circo que los opresores ofrecen para distraer, pero muchas otras, como la última frontera donde las sociedades encuentran un balón, una voz y el coraje para resistir.


jueves, 18 de junio de 2026

 
















Delcy con el nuevo Sai Baba

Jesús Elorza

En una búsqueda desesperada de respuestas que ni el manual de geopolítica más audaz ni los asesores de imagen logran descifrar, la vicepresidenta Delcy Rodríguez ha decidido elevar sus consultas al plano de la mística oriental. Con el fervor que solo otorgan las crisis de sucesión, empacó sus túnicas de seda y un cargamento de incienso para emprender un viaje espiritual rumbo al centro de Sathya Sai Baba en la India. El objetivo real de la misión no era la iluminación del alma, sino resolver una incógnita judicial que quita el sueño en los pasillos de Miraflores.

A sabiendas de que Sai Baba era el santo de devoción absoluta de su camarada Nicolás, Delcy interrumpió la rigurosa rutina de los monjes locales para interceder ante el plano astral. Entre las sesiones obligatorias de meditación (dhyana), el canto hipnótico de mantras y unas cuantas asanas de yoga que pusieron a prueba la flexibilidad diplomática de la comitiva, la alta funcionaria soltó la pregunta del millón de petrodólares.

Con las manos en posición de loto, pero la mente fija en los tribunales del Distrito Sur de Manhattan, Delcy inquirió con vehemencia a los monjes del centro si existía la más remota posibilidad cósmica de que Maduro lograra la libertad tras su captura y confinamiento en Nueva York, o si, por el contrario, el destino le deparaba una larga y definitiva condena a la sombra.

“Esta respuesta es clave para la estabilidad de nuestro gobierno”, confesaba Delcy a los asombrados religiosos, sin un ápice de timidez. En un arranque de sincera devoción por el pragmatismo político, la vicepresidenta no ocultó las verdaderas aspiraciones del ala civil del proceso: que el inquilino de la prisión neoyorquina jamás encuentre el camino de regreso. Solo así, libre de tutelajes incómodos, se podría garantizar la culminación pacífica del mandato del tándem dinástico (su hermanito Jorge y ella) de cara al ya cercano año 2030. Un plan perfecto que, según sus proyecciones astrales, contaría con el inesperado favor, la protección y el pragmatismo transaccional de Donald Trump, abriendo las compuertas, ¿por qué no?, a una cómoda reelección.

Para destrabar el nudo cósmico y convencer a las divinidades orientales de las ventajas de mantener a Nicolás tras las rejas norteamericanas, Delcy desplegó su mejor oferta de diplomacia comercial y teológica. Sugirió que la mejor salida para resguardar el honor del proceso y mostrar respeto por el legado de Sai Baba era realizar una transmutación mística: declarar al camarada Nicolás como un "discípulo iluminado", presentándolo ante el mundo como el nuevo, místico y revolucionario Sai Baba del Siglo XXI.

Para sellar el pacto ecuménico, la oferta incluyó incentivos terrenales muy jugosos. Delcy ofreció formalmente a la fundación un suministro constante de petróleo a precio preferencial, una jugada maestra para que el santuario no tenga que seguir dependiendo del complejo y sancionado crudo ruso. Como muestra de buena fe y anticipo del trato, la delegación desembaló una enorme imagen del "nuevo iluminado", un retrato de Nicolás luciendo su clásico bigote pero rodeado de un aura naranja fluorescente.

Eso sí, la única condición estricta plasmada en el contrato espiritual fue una petición de oración perpetua. Delcy imploró a los monjes que concentren todos sus cantos, rezos y energías en asegurar la permanencia ininterrumpida de Nicolás en su actual sitio de reclusión. La justificación técnica de la vicepresidenta no dejó margen de duda: si el nuevo Gurú de la revolución llegase a salir en libertad y regresara al país, perdería de inmediato y de forma catastrófica su recién adquirida condición de iluminado debido a los permanentes, crónicos e implacables cortes de luz que azotan a la nación. La iluminación, al parecer, solo es sostenible bajo el fluido eléctrico de una prisión federal.

 

 

 

 







 









                 22 de junio Día del deporte 

"Un guiso de corrupción cocinado durante 27 años".

Jesús Elorza

Una de las características más conspicuas de los veintisiete años del gobierno "Revolucionario del Siglo XXI" (1999-2026) es, sin lugar a duda, su elevado nivel de descomposición institucional. Esta grave desviación de la ética pública tuvo su origen en el inmenso desorden administrativo impuesto por expresa voluntad de la jefatura del régimen. Desde su inicio, se observó un marcado interés en destruir los controles obligatorios de las Finanzas Públicas para comprometer a los funcionarios mediante la complicidad culinaria y manejar los dineros estatales con absoluta discrecionalidad política.

En el sector deportivo, quienes han desfilado por el Ministerio del Deporte, el Instituto Nacional de Deporte (IND) y el Comité Olímpico Venezolano (COV) implantaron una política gastronómica nefasta: el "guiso de corrupción". Este platillo se ha cocinado a fuego lento durante casi tres décadas bajo la conducción de una selecta lista de Master Chefs: Raúl Salmerón, Eduardo Álvarez, Victoria Mata, Héctor Rodríguez, Alejandra Benítez, Ninoska Clocier, Juan Carlos Amarante, Pedro Infante, Antonio "El Potro" Álvarez y Franklin Cardillo.

Para que este menjurje tuviera un aroma aceptable ante la opinión pública, los cocineros revolucionarios bautizaron sus aliños base con nombres pomposos como "Generación de Oro" y "Somos Potencia". Con estos condimentos discursivos ocultaron las pésimas mañas de una cocina que progresivamente fue añadiendo ingredientes descompuestos al caldero nacional.

El primer ingrediente del menú fue un leonino convenio con Cuba para traer 10.000 "entrenadores". Este acuerdo funcionó como una fuente inagotable de desvío de divisas hacia el régimen castrista, mientras se violaba sistemáticamente la autonomía federativa y del COV para asaltar sus dirigencias. Asimismo, se eliminaron las licitaciones públicas para imponer la asignación directa de contratos en servicios de alojamiento, alimentación, uniformes y transporte.

La infraestructura deportiva se convirtió en el pimentón principal de la preparación. Los chefs hallaron en los contratos de construcción y reparación de estadios el esquema perfecto de sobrefacturación. El encubrimiento de los ilícitos en las obras para los Juegos Nacionales y eventos internacionales —como el inconcluso Estadio Iberoamericano de Atletismo en Maracay o las accidentadas obras de la Copa América de fútbol— sazonó fuertemente el caldo. A esto se sumó la solicitud irresponsable de sedes internacionales (Juegos Bolivarianos de Playa, Mundial de Softbol Femenino y Juegos del ALBA) con el único propósito de apropiarse indebidamente de los recursos asignados.

El toque maestro de la receta llegó con los ilícitos cambiarios a través de CADIVI. El fraude con expedientes falsificados sirvió para que los directivos solicitaran masivas cantidades de lechugas o dólares preferenciales. Estas lechugas frescas, desviadas del propósito atlético, terminaron engordando las cuentas bancarias de los cocineros del régimen, transformando la asignación de divisas en una gigantesca estafa procesada directamente en los fogones ministeriales.

Como contraparte, el ají picante que terminó por amargar el paladar de la comunidad deportiva fue el ensañamiento contra el capital humano. Los atletas y entrenadores venezolanos quedaron desprovistos de un Programa de Asistencia Integral que garantizara becas dignas, atención médica, transporte y alimentación. Peor aún, la seguridad social de los trabajadores del sector se pudrió en el fondo de la olla: contratos colectivos congelados desde el año 2000, salarios de hambre, pensiones sin homologar, la Escuela de Entrenadores clausurada y pólizas de HCM con coberturas pírricas que los mantienen en condiciones de "condenados a muerte". Salarialmente, el talento nacional sufre una abierta discriminación frente a los altamente cotizados asesores cubanos.

Para enmascarar el desastre de las canteras locales debido a la suspensión de los Juegos Nacionales y el abandono de los gimnasios que hoy se caen a pedazos, se recurrió a un adobo importado de Norteamérica. El ejemplo más descarado de esta práctica fue la conformación de la selección nacional de softbol femenino utilizando a cuatro jugadoras estadounidenses y una mexicana mediante el mecanismo ilegal de "naturalización exprés". Una maniobra populista para maquillar el marcador culinario.

El aderezo final lo aportó Héctor Rodríguez, quien en su rol de chef principal eliminó las reuniones del Directorio del IND para administrar con total soltura los recursos del Fondo Nacional del Deporte. Gracias a este cerrojo institucional, más de 300 millones de bolívares aportados por las empresas privadas fueron dilapidados discrecionalmente en beneficio de la corte del ministerio.

Finalmente, luego de esa descripción sobre la cocción de un guiso de corrupción se pudiera decir parafraseando un refrán popular que, “las manos de los corruptos ponen el, deporte morado”.

Superar esta tormenta perfecta de corrupción, requiere un cambio de gobierno, planes y programas para restituir integralmente los Juegos Nacionales, un programa de Asistencia Social para los atletas y entrenadores, acabar el flagelo de la corrupción, fortalecer la autonomía del sector deportivo federado, recuperar nuestras instalaciones deportivas, una ley de deporte que limite la dualidad de cargos en las organizaciones, que elimine la reelección indefinida, que prohíba la elección de funcionarios públicos de libre nombramiento y remoción en la dirigencia deportiva, un acuerdo con el sector universitario para la formación de entrenadores, el manejo transparente del Fondo Nacional del Deporte, la descentralización del programa Deporte para Todos y un presupuesto acorde con las necesidades del sector. 

El deporte nacional necesita limpiar los fogones, erradicar a los falsos especialistas culinarios y aplicar una gestión transparente que devuelva los recursos a las canchas y no a los bolsillos de los Master Chefs de la revolución.

 


jueves, 11 de junio de 2026

 











NELSON RODRIGUEZ FREITES

                  1947-2010

A dieciséis años de su partida.

Jesús Elorza

A dieciséis años de su partida, ocurrida el 13 de junio de 2010, el ejemplo de Nelson Rodríguez Freites como atleta, entrenador, dirigente, docente, abogado, amigo, esposo y padre de familia sigue grabado en los corazones y pensamientos de quienes, como él, luchan por un deporte mejor en una sociedad mejor. Recordarlo nos evoca el júbilo inmenso de su existencia, la alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud por un legado profundo e indestructible.

Como un sencillo pero sentido homenaje a su memoria, presentamos esta semblanza que recoge el acontecer atlético, laboral, gremial, académico, legislativo y familiar de nuestro por siempre solidario amigo.

El origen de «Fosforito»

En la segunda mitad de la década de los años 60, el Estadio Nacional Brígida Iriarte de Caracas recibió a un joven cumanés cargado de ilusiones y esperanzas: Nelson Augusto Rodríguez Freites. Su objetivo principal era transformarse en un atleta destacado que pudiera representar con orgullo a Venezuela en competencias internacionales. Así comenzó su transitar por el mundo del deporte.

Para ese entonces, su contextura física era de una extremada delgadez. Cada vez que participaba en los 400 metros planos —su distancia preferida—, los compañeros de su equipo, el club «UNIÓN», expresaban al verlo correr que se parecía a un «fosforito», ya que en la pista solo resaltaban su cabeza y su delgado cuerpo. Este singular apodo se convirtió en su segundo nombre para el resto de su vida. Posteriormente, la firmeza y el ímpetu con los que discutía para defender sus ideas o para rebelarse contra las injusticias consolidaron por siempre el sobrenombre de «Fosforito».

Formación y conciencia gremial

El atletismo fue, sin lugar a dudas, el alma de su vida, y a él se entregó por completo. Su experiencia práctica como atleta lo llevó a inscribirse en la Escuela Nacional de Entrenadores Deportivos (ENED), institución de la cual egresó en el año 1970 con el título de Entrenador de Atletismo, una credencial que siempre exhibió con profundo orgullo. Durante su etapa de formación estudiantil, propició la fundación del Centro de Estudiantes de la ENED, convirtiéndose además en su primer presidente electo.

Los acontecimientos mundiales de la época —tales como el Mayo Francés, las protestas del Black Power en los Juegos Olímpicos de México 1968 y el boicot de los países africanos contra el Apartheid en Sudáfrica— motivaron en él la necesidad de prepararse cada vez más para poseer una visión integral del acontecer deportivo nacional e internacional. Por tales razones, no vaciló ni un instante en acompañar al dirigente Carlos Sánchez en el movimiento de reestructuración del Colegio de Entrenadores, buscando impulsar luchas reivindicativas por condiciones laborales más justas y la inserción de los técnicos en la estructura del deporte venezolano.

Hitos jurídicos y dirigencia deportiva

El episodio más significativo que marcó para siempre el papel de los entrenadores en el país fue la huelga de mayo de 1975, un hito histórico en las luchas gremiales del deporte en el que Nelson Rodríguez fue uno de los coordinadores principales. En los años sucesivos, participó plenamente en el proceso de democratización de las federaciones y luchó en el frente jurídico para lograr el derecho pleno de los técnicos a ser dirigentes de las instituciones. Esta lucha alcanzó su máximo nivel cuando, en 1980, fue electo como miembro del Comité Ejecutivo del Comité Olímpico Venezolano (COV) y de la Federación Venezolana de Atletismo (FVA). En ambos organismos defendió firmemente su visión estratégica de «Un Deporte Mejor en Una Sociedad Mejor».

Ese andar permanente lo llevó a ser miembro del Consejo Nacional del Deporte y de la Comisión Permanente para la Reforma del Estado (COPRE). También representó a Venezuela en la Cumbre de los Países No Alineados y Altos Dirigentes del Área Deportiva celebrada en La Habana, donde defendió los valores de la democracia y la libertad como fundamentos del desarrollo de una nación. Asimismo, formó parte de la Comisión Presidencial para el estudio de factibilidad del Instituto Universitario del Deporte y ocupó el cargo de Asesor Permanente de la Comisión de Juventud y Deporte de la Cámara de Diputados del Congreso de la República para la promulgación de la Ley del Deporte de 1995.

La docencia y la defensa del trabajador

Además de su faceta dirigencial, se desempeñó como docente en el área de Organización y Legislación Deportiva en la ENED y en los estudios de postgrado de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL Maracay) y la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (UNELLEZ). Asumió la representación laboral en el directorio del Instituto Nacional de Deportes (IND) y la presidencia de su Caja de Ahorros (CAPINDE).

En el ámbito legal, asistido por los abogados Getulio Romero y Fabián Chacón, introdujo ante la Corte Suprema de Justicia un recurso para que el Bono Compensatorio formara parte del salario de los trabajadores, logrando un fallo histórico a su favor. Del mismo modo, fue el primer dirigente en introducir un Recurso de Amparo ante los tribunales de la república para proteger de forma directa los derechos individuales de los atletas.

Descentralización y proyección internacional

Como presidente del Colegio de Entrenadores Deportivos de Venezuela (CEDV), lideró el proceso de descentralización del IND. Junto al ingeniero Luis Cedeño Bond, entonces presidente de dicha institución, logró establecer las Normas y Procedimientos correspondientes. En su búsqueda de horizontes más amplios, impulsó el Programa Nacional de Mejoramiento Profesional para elevar el nivel académico de los entrenadores. Él mismo marcó el camino al obtener el título de abogado de la república, un ejemplo que inspiró a decenas de compañeros a convertirse en profesionales universitarios.

A nivel internacional, ejerció como vicepresidente de la Confederación Sudamericana de Atletismo y representó a Venezuela en múltiples Juegos Olímpicos, Panamericanos, Centroamericanos, Sudamericanos, Bolivarianos y mundiales de atletismo.

Un recuerdo indestructible

Al cumplirse hoy 16 años de su partida, seguimos pensando en él con el respeto y el cariño de siempre. Nos queda el legado de un cúmulo de enseñanzas y experiencias en las luchas gremiales por alcanzar un Deporte Mejor en una Sociedad Mejor. Su obra, sembrada en las bases del deporte venezolano, permanece tan viva, bella e indestructible como su propio recuerdo.

 

sábado, 6 de junio de 2026

 









Literatura y Fútbol

 Jesús Elorza

La literatura y el fútbol comparten una relación profunda, ya que ambos son narrativas que exponen el comportamiento humano, las pasiones, las contradicciones y la catarsis colectiva. Lejos de la antigua idea de que el balompié carece de valor intelectual, grandes autores han utilizado este deporte para explorar la identidad cultural y la vida misma. Podemos citar entre otros a:

  • Eduardo Galeano (Uruguay): Su libro El fútbol a sol y sombra es considerado el clásico absoluto de la literatura futbolística. Combina historia, poesía y anécdotas para construir una crónica sentimental del deporte. Su texto nos ofrece un compendio de la Historia del fútbol —contada con su particular estilo— en el que intercalaba pequeñas historias que recogían el alma del balompié. Todas, las grandes y las pequeñas, culminaban con una frase precisa que hacía las veces de perfecto remate a la red. El autor fue uno de los primeros en alertar sobre la deriva que estaba tomando el fútbol —la misma que la vida—: hacia los beneficios netos, la desigualdad, la falta de empatía y, eso sí, una constante fotografía del ser humano. Como muestra, aquella vez que se celebraba un partido en Quito. La madre del árbitro había fallecido el día anterior. Pese a ello, el árbitro decidió cumplir con sus obligaciones. Antes del inicio del partido, se guardó un respetuoso minuto de silencio por la difunta madre. También se pronunció un sentido discurso alabando la profesionalidad y el compromiso del colegiado. El público aplaudió con emotividad. Cuando iban 15 minutos de partido, el equipo local anotó un gol. El árbitro lo anuló. Entonces, la grada se acordó de nuevo de su madre. “¡Huérfano de puta!”, dicen que se escuchó.
  • Mario Benedetti (Uruguay): Compatriota de Galeano, Benedetti no fue ajeno a la pasión del tablón y entendió el fútbol como un espejo de la vida cotidiana del ciudadano común. En su célebre cuento "Puntero izquierdo", el autor retrata con crudeza y una ironía entrañable las presiones, la corrupción y los dilemas morales de un jugador amateur de barrio que se debate entre el soborno y su orgullo deportivo. Benedetti plasma la cancha no solo como un espacio de juego, sino como un escenario donde se disputan la dignidad, la lealtad y las tensiones sociales del día a día, demostrando que un partido de noventa minutos puede contener todo el drama de la existencia humana.
  • Juan Villoro (México): En su obra ensayística Dios es redondo, analiza el fenómeno social, la pasión y la mística que rodean a las canchas y a sus protagonistas. En sus columnas futbolísticas, Villoro ofrece un singular destilado de intelectualidad y pasión. Sus crónicas del mundial de 1998 y sus certeras reflexiones de aquellos años son parte de la historia de la literatura y el balompié. Leídas con la perspectiva del tiempo, se entiende aquello que dijo Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”.
  • Eduardo Sacheri (Argentina): Conocido por sus novelas (como La pregunta de sus ojos, adaptada al cine), captura magistralmente la épica cotidiana y la nostalgia de los hinchas de fútbol. Sacheri logra convertir el amor por los colores de un club en el motor de historias humanas profundas sobre la amistad, la traición y la justicia.
  • Albert Camus (Francia): El célebre filósofo y escritor fue portero en su juventud (en el Racing Universitario de Argel), y dejó una de las frases más recordadas sobre el compañerismo y la moral: "Lo que más sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". Para Camus, la cancha era el único lugar donde los seres humanos se mostraban puros y sin máscaras.
  • Ruy Castro (Brasil): Su obra Garrincha, Estrella Solitaria (1995) es probablemente la mayor obra periodística jamás realizada sobre un gigante del fútbol. Más que un reportaje, una biopsia; la narración sofocante de Ruy Castro abandera los principios de la escuela de Frankfurt basados en la Teoría Crítica, que buscaba desenmascarar las estructuras de poder y cuestionar profundamente la sociedad capitalista industrial, la cultura de masas y la razón instrumental. No trabaja sobre la realidad ya dada, sino que intenta revelar la cara escondida del show. Un ejercicio crítico imprescindible para constituir verdadero periodismo; una hazaña prácticamente inviable desde que el fútbol se transformó en una industria con la complicidad del entramado mediático que se financia de su misma raíz. Ni los organizadores de torneos, ni los ídolos, ni los hinchas que los idolatran, ni los consumidores del entretenimiento que todos producen, ni mucho menos las compañías que adquieren los derechos de difusión a cambio de fortunas, están interesadas en cuestionarse a sí mismos.
  • Nick Hornby (Reino Unido): En 1992 apareció en Inglaterra un libro titulado Fiebre en las gradas (Fever Pitch, editado por Anagrama). Lo escribía Hornby, un tipo nacido en 1957 en Maidenhead, localidad a una hora en coche de Londres. Hornby hizo algo que, hasta entonces, nadie había hecho —o nadie, al menos, había hecho tan bien—: poner palabras a su relación obsesiva con el Arsenal londinense. El libro habla de fútbol, sí —ordenado cronológicamente de 1968 a 1992, donde el subtítulo de cada capítulo son la fecha y los contendientes de un partido— pero sobre todo habla de los hinchas y de cómo el fútbol moldea su identidad y sus etapas vitales. En una época en la que los seguidores eran considerados una masa compacta y un poco cerril, alguien saltaba al terreno de juego de los libros a intentar explicar una pregunta casi filosófica: ¿por qué alguien se hace de un equipo? ¿Qué lleva a una persona a cruzarse un país un miércoles por la noche para ver un partido de segunda o tercera división? Hornby lo explica con gracia, con un necesario toque de ironía aplicado a sí mismo y un lenguaje tan sencillo y certero que invita a la lectura a los que son futboleros y a los que no. El talento del autor lleva el libro mucho más allá: el fútbol es muchas cosas, entre ellas un estupendo pasatiempo para que padres e hijos puedan pasar juntos un rato sin necesidad de buscar —y encontrar, lo cual puede ser incluso peor— un tema de conversación.

En síntesis, podemos decir que la literatura y el fútbol comparten una relación profunda, ya que ambos son narrativas que exponen el comportamiento humano, las pasiones, las contradicciones y la catarsis colectiva. Lejos de la antigua idea de que el balompié carece de valor intelectual, grandes autores han utilizado este deporte para explorar la identidad cultural y la vida misma.

 


jueves, 4 de junio de 2026













Tarjeta Roja: A la FIFA

El sueño imposible del Mundial 2026

Jesús Elorza

El fútbol nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular, un espacio donde la pasión no entendía de clases sociales. Sin embargo, hoy ha sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática. La reciente evolución del negocio de la FIFA —con ingresos proyectados de 11.000 millones de dólares para este ciclo y la expansión del torneo a 48 selecciones— es el reflejo exacto de esta mutación. En el siglo XXI, la ética queda fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad, transformando el sueño de asistir a la Copa del Mundo 2026 en Estados Unidos en una misión imposible para el aficionado común.

Lo que originalmente se prometió como un evento accesible ha mutado en un golpe drástico al bolsillo. Aunque la FIFA fijó precios oficiales iniciales desde $60 dólares, la realidad del mercado es abusiva. En los canales de reventa oficial, un boleto de categoría 3 para la final se cotizó en casi $20.000 dólares, mientras que la propia FIFA elevó el precio oficial más alto de la final a $10.990 dólares en abril. Para la fase de grupos, las entradas en reventa oscilan entre los $300 y $1.800 dólares. El boleto es solo el primer shock.

A esto se suma el colapso financiero que representa el hospedaje. Datos de The New York Times revelan que el precio promedio en hoteles cercanos a las sedes se disparó de $293 a $1.013 dólares por noche durante los días de partido (un alza del 328%). Ciudades como Houston encabezan este abuso con incrementos del 457%, seguidas por Kansas City (364%) y Atlanta (344%).

El transporte local tampoco da tregua. En Nueva York, el tren de ida y vuelta al MetLife Stadium alcanzó los $98 dólares, obligando a la intervención política para habilitar autobuses más económicos. Por su parte, Uber ofrece furgonetas compartidas desde $45 dólares, pero las tarifas dinámicas alrededor de los estadios amenazan con triplicarse al sonar el pitazo final. En Dallas, la situación empeora: el AT&T Stadium no cuenta con conexión ferroviaria directa, forzando a los asistentes a depender de transporte privado para recorrer las casi 15 millas desde el centro.

Si analizamos un presupuesto real para un solo partido de fase de grupos en Dallas, los números son alarmantes:

Concepto

Costo Estimado (Por Persona)

Boleto (Reventa, fase de grupos)

$300 – $800

Hotel (2 noches)

$300 – $600

Vuelo doméstico (Ida y vuelta)

$400 – $900

Transporte local

$80 – $150

Comida (2 días)

$160 – $200

Total Estimado

$1.240 – $2.650

Para un fanático que desee seguir a su equipo en varias ciudades, el costo se dispara fácilmente entre los $5.000 y $10.000 dólares, sin contar los gastos de visado y pasajes internacionales.

Asistir al Mundial se ha vuelto un lujo prohibitivo. Mientras el balón ruede, los organizadores apartan la mirada de la realidad económica de los fanáticos. La pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde el marketing corporativo transforma cada gol en dividendos. El deporte ya no se justifica por el juego, sino por su capacidad para generar un show permanente, dejando a la verdadera hinchada en el banquillo de los acusados por el simple pecado de no poder pagar la entrada. Infantino, el presidente de la FIFA cambio el “fuera de juego” por el “fuera de alcance”, con el abusivo precio de las entradas. Los aficionados del mundo entero castigan con Tarjeta Roja al abusivo presidente.

El negocio del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad. El incremento de ingresos responde a un modelo cada vez más orientado a la explotación comercial del evento, con más partidos, más derechos televisivos y mayor facturación en servicios vinculados. Sin embargo, este crecimiento también se enfrenta a críticas por su impacto en los aficionados y en los propios jugadores, que acumulan calendarios cada vez más cargados y con mayor riesgo de lesiones. El contexto geopolítico añade complejidad: las tensiones diplomáticas entre países organizadores, las restricciones migratorias y conflictos internacionales marcan una competición que trasciende lo deportivo.

 

 









Mundial de Futbol

“El gran negocio”

Jesús Elorza

En su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa plantea una tesis demoledora: la cultura actual prioriza el entretenimiento sobre los valores intelectuales, transformando la política, la religión y el arte en meras formas de diversión superficial. El fútbol profesional no escapa a esta metamorfosis. Lo que nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular ha sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática. La reciente evolución del negocio de la FIFA —con sus ingresos proyectados de 11.000 millones de dólares para el ciclo actual y la expansión del Mundial a 48 selecciones y 104 partidos— es el reflejo exacto de esta mutación. El deporte ya no se justifica por el juego en sí, sino por su capacidad para generar un show permanente que mantenga cautiva a la audiencia global.

Esta obsesión por maximizar el inventario comercial —más minutos de publicidad, más vallas, más productos bajo licencia— demuestra que en la civilización del espectáculo todo activo es vendible si garantiza entretenimiento. Sin embargo, detrás de la brillante escenografía de las transmisiones en alta definición, las zonas de aficionados y el lujo corporativo de los paquetes de hospitalidad, se esconde una realidad mucho más sombría: una profunda degradación ética institucional que operó con impunidad durante décadas.

El terremoto judicial del "FIFA-Gate" en 2015 desnudó cómo la corrupción se convirtió en el mecanismo sistemático de gestión en todas las confederaciones regionales del planeta. Desde Sudamérica con la Conmebol hasta el Caribe con la Concacaf, pasando por los feudos federativos de África, Asia y Oceanía, los derechos de transmisión televisiva y la asignación de las sedes mundialistas se convirtieron en mercancías al mejor postor. Presidentes de federaciones y altos directivos vendían sus votos y adjudicaban contratos a cambio de sobornos millonarios ocultos en paraísos fiscales. Dirigentes extravagantes utilizaron los fondos destinados al desarrollo del fútbol base para financiar estilos de vida suntuosos, mientras los países sedes asumían deudas públicas colosales construyendo estadios condenados a convertirse en "elefantes blancos".

Aquí es donde la investigación económica del fútbol conecta perfectamente con la crítica de Vargas Llosa. En una sociedad donde el valor supremo es la diversión, la estética desplaza por completo a la ética. Mientras el balón ruede y el espectáculo sea lo suficientemente atractivo, los aficionados y los grandes patrocinadores tienden a apartar la mirada de las dinámicas criminales subyacentes. El escándalo de los sobornos, la malversación de fondos institucionales y la impunidad de los dirigentes fueron tolerados durante años porque la maquinaria del show no podía detenerse.

Aunque tras las intervenciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos la FIFA se vio obligada a implementar reformas estructurales —como auditorías estrictas a través de los programas FIFA Forward y la limitación de mandatos—, el fútbol profesional sigue bajo constante sospecha. El modelo actual no ha renunciado a la espectacularidad; al contrario, la ha profundizado. El negocio del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad.