Día del deporte
Un guiso de corrupción cocinado
durante 27 años
Jesús Elorza
Una de las
características más conspicuas de los veintisiete años del gobierno
"Revolucionario del Siglo XXI" (1999-2026) es, sin lugar a duda, su elevado
nivel de descomposición institucional. Esta grave desviación de la ética
pública tuvo su origen en el inmenso desorden administrativo impuesto por
expresa voluntad de la jefatura del régimen. Desde su inicio, se observó un
marcado interés en destruir los controles obligatorios de las Finanzas Públicas
para comprometer a los funcionarios mediante la complicidad culinaria y manejar
los dineros estatales con absoluta discrecionalidad política.
En el sector deportivo,
quienes han desfilado por el Ministerio del Deporte, el Instituto Nacional de
Deporte (IND) y el Comité Olímpico Venezolano (COV) implantaron una política
gastronómica nefasta: el "guiso de corrupción". Este platillo se ha
cocinado a fuego lento durante casi tres décadas bajo la conducción de una
selecta lista de Master Chefs: Raúl Salmerón, Eduardo Álvarez, Victoria
Mata, Héctor Rodríguez, Alejandra Benítez, Ninoska Clocier, Juan Carlos
Amarante, Pedro Infante, Antonio "El Potro" Álvarez y Franklin
Cardillo.
Para que este menjurje
tuviera un aroma aceptable ante la opinión pública, los cocineros
revolucionarios bautizaron sus aliños base con nombres pomposos como
"Generación de Oro" y "Somos Potencia". Con estos
condimentos discursivos ocultaron las pésimas mañas de una cocina que
progresivamente fue añadiendo ingredientes descompuestos al caldero nacional.
El primer ingrediente del
menú fue un leonino convenio con Cuba para traer 10.000
"entrenadores". Este acuerdo funcionó como una fuente inagotable de
desvío de divisas hacia el régimen castrista, mientras se violaba
sistemáticamente la autonomía federativa y del COV para asaltar sus
dirigencias. Asimismo, se eliminaron las licitaciones públicas para imponer la
asignación directa de contratos en servicios de alojamiento, alimentación, uniformes
y transporte.
La infraestructura
deportiva se convirtió en el pimentón principal de la preparación. Los chefs
hallaron en los contratos de construcción y reparación de estadios el esquema
perfecto de sobrefacturación. El encubrimiento de los ilícitos en las obras
para los Juegos Nacionales y eventos internacionales —como el inconcluso
Estadio Iberoamericano de Atletismo en Maracay o las accidentadas obras de la
Copa América de fútbol— sazonó fuertemente el caldo. A esto se sumó la
solicitud irresponsable de sedes internacionales (Juegos Bolivarianos de Playa,
Mundial de Softbol Femenino y Juegos del ALBA) con el único propósito de
apropiarse indebidamente de los recursos asignados.
El toque maestro de la
receta llegó con los ilícitos cambiarios a través de CADIVI. El fraude con
expedientes falsificados sirvió para que los directivos solicitaran masivas
cantidades de lechugas o dólares preferenciales. Estas lechugas frescas,
desviadas del propósito atlético, terminaron engordando las cuentas bancarias
de los cocineros del régimen, transformando la asignación de divisas en una
gigantesca estafa procesada directamente en los fogones ministeriales.
Como contraparte, el ají
picante que terminó por amargar el paladar de la comunidad deportiva fue el
ensañamiento contra el capital humano. Los atletas y entrenadores venezolanos
quedaron desprovistos de un Programa de Asistencia Integral que garantizara
becas dignas, atención médica, transporte y alimentación. Peor aún, la
seguridad social de los trabajadores del sector se pudrió en el fondo de la
olla: contratos colectivos congelados desde el año 2000, salarios de hambre,
pensiones sin homologar, la Escuela de Entrenadores clausurada y pólizas de HCM
con coberturas pírricas que los mantienen en condiciones de "condenados a
muerte". Salarialmente, el talento nacional sufre una abierta
discriminación frente a los altamente cotizados asesores cubanos.
Para enmascarar el
desastre de las canteras locales debido a la suspensión de los Juegos
Nacionales y el abandono de los gimnasios que hoy se caen a pedazos, se
recurrió a un adobo importado de Norteamérica. El ejemplo más descarado
de esta práctica fue la conformación de la selección nacional de softbol
femenino utilizando a cuatro jugadoras estadounidenses y una mexicana mediante
el mecanismo ilegal de "naturalización exprés". Una maniobra
populista para maquillar el marcador culinario.
El aderezo final lo
aportó Héctor Rodríguez, quien en su rol de chef principal eliminó las
reuniones del Directorio del IND para administrar con total soltura los
recursos del Fondo Nacional del Deporte. Gracias a este cerrojo institucional,
más de 300 millones de bolívares aportados por las empresas privadas fueron
dilapidados discrecionalmente en beneficio de la corte del ministerio.
Finalmente,
luego de esa descripción sobre la cocción de un guiso de corrupción se pudiera
decir parafraseando un refrán popular que, “las manos de los corruptos ponen
el, deporte morado”.
Superar esta tormenta
perfecta de corrupción, requiere un cambio de gobierno, planes y programas para
restituir integralmente los Juegos Nacionales, un programa de
Asistencia Social para los atletas y entrenadores, acabar el flagelo de la
corrupción, fortalecer la autonomía del sector deportivo federado, recuperar
nuestras instalaciones deportivas, una ley de deporte que limite la
dualidad de cargos en las organizaciones, que elimine la reelección indefinida,
que prohíba la elección de funcionarios públicos de libre nombramiento y
remoción en la dirigencia deportiva, un acuerdo con el sector universitario
para la formación de entrenadores, el manejo transparente del Fondo
Nacional del Deporte, la
descentralización del programa Deporte para Todos y un
presupuesto acorde con las necesidades del sector.
El deporte nacional
necesita limpiar los fogones, erradicar a los falsos especialistas culinarios y
aplicar una gestión transparente que devuelva los recursos a las canchas y no a
los bolsillos de los Master Chefs de la revolución.
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