La factura del fracaso:
Cuando
el Mundial se convierte en tragedia y terremoto político
Jesús Elorza
El Mundial de Fútbol se
presenta a menudo como la cumbre del heroísmo moderno, pero su reverso es un
abismo despiadado. Cuando la Copa del Mundo amplifica la gloria, el fracaso no
se mide simplemente en puntos o eliminaciones; se traduce en un terremoto
multidimensional. Un error en la máxima cita puede demoler carreras en noventa
minutos y, en los casos más extremos, desatar un reguero de violencia, condenas
sociales y crisis institucionales.
A lo largo de la
historia, el "silbatazo final" ha cobrado facturas asombrosas a los
cuatro estamentos del juego.
1. Jugadores: Del repudio
social a la tragedia física
Para los futbolistas, el
error mundialista puede transmutar el estatus de ídolo local en el de paria
absoluto. La consecuencia más atroz y recordada de la historia ocurrió tras el
Mundial de Estados Unidos 1994. El defensor colombiano Andrés Escobar,
apodado "El Caballero del Fútbol", intentó interceptar un centro
rasante y terminó marcando un autogol contra el equipo anfitrión. La derrota
certificó la eliminación de una selección que llegaba como favorita. Diez días
después, tras regresar a Medellín y exigir respeto en una discusión en un estacionamiento,
Escobar fue asesinado a tiros. Su error en la cancha colisionó de forma fatal
con el violento submundo de las apuestas ilegales y el narcotráfico de la
época.
En regímenes
totalitarios, las consecuencias han tomado un cariz institucional. Tras el
Mundial de Sudáfrica 2010, la selección de Corea del Norte sufrió una
estrepitosa goleada de 7-0 ante Portugal, transmitida en vivo para su país. Al
regresar, el plantel completo fue sometido a una humillación pública de seis
horas en el Palacio de la Cultura del Pueblo de Pionyang, donde fueron
obligados a criticar a su propio director técnico frente a estudiantes y
funcionarios estatales.
Tras el
"Maracanazo" de 1950, el arquero brasileño Moacir Barbosa fue
condenado socialmente de por vida. Brasil entero lo culpó del gol del uruguayo
Alcides Ghiggia. Décadas después, Barbosa declaró: "En Brasil, la pena
máxima por un crimen es de treinta años. Yo cumplo condena desde hace cincuenta
por un crimen que no cometí".
2. Entrenadores: Chivos
expiatorios y exilios forzados
El director técnico es
siempre el fusible más fácil de quemar. Cuando el fracaso estalla, el
entrenador no solo pierde su empleo, sino que a menudo debe huir de la
hostilidad de todo un país.
Tras el fracaso de Corea
del Norte en 2010, el seleccionador Kim Jong-hun no solo fue expulsado del
Partido de los Trabajadores, sino que los reportes de inteligencia indicaron
que fue obligado a realizar trabajos forzados en la construcción.
En democracias occidentales la violencia
física no es la norma, pero el linchamiento mediático provoca muertes civiles:
carreras de élite quedan reducidas a cenizas, obligando a los estrategas a
refugiarse en ligas menores o en el exilio deportivo para escapar del estigma
de "fracasados". Entre otros, podemos citar como ejemplos a:
Gian Piero Ventura
(Italia, 2017): Luego de fracasar rotundamente al no
clasificar a la Copa del Mundo de 2018 (caída ante Suecia en el repechaje), el
estratega fue despedido de forma fulminante en medio de un absoluto
descrédito mediático que sepultó su carrera al más alto nivel.
Vicente del Bosque
(España, 2014): Pese a ser el técnico campeón vigente, la
histórica eliminación de España en la fase de grupos de Brasil 2014 marcó un
punto de quiebre. Aunque se mantuvo un tiempo más, el fracaso aceleró el fin de
la era dorada de la selección y forzó un doloroso relevo generacional.
Al término de la fase de
grupos y la primera ronda eliminatoria del Mundial 2026, un total de siete directores
técnicos dejaron sus cargos. Cuatro seleccionadores renunciaron tras quedar
eliminados en la fase de grupos:
Marcelo Bielsa (Uruguay), Hong Myung-bo (Corea del Sur), Steve Clarke (Escocia)
y Miroslav Koubek (República Checa). Además, Sabri Lamouchi (Túnez) fue
destituido tras la primera fecha. Tras quedar fuera en los dieciseisavos, presentaron su renuncia
Ronald Koeman (Países Bajos) y Sebastián Beccacece (Ecuador)
3. Directivos: El colapso
de imperios y purgas internas
Para las federaciones y
los altos mandos, el fracaso en el Mundial suele destapar la caja de Pandora de
la corrupción y la incompetencia. Cuando la pelota no entra, los Gobiernos y
las auditorías fijan sus ojos en los libros de contabilidad.
Las eliminaciones
tempranas privan a las federaciones de decenas de millones de dólares en
premios de la FIFA y contratos de patrocinio. Esto suele provocar:
- Purgas institucionales:
Despidos masivos y dimisiones de juntas directivas completas para aplacar
la ira de la afición.
- Investigaciones fiscales:
El fin de la protección política; sin el opio del triunfo, los directivos
quedan expuestos a juicios por malversación de fondos, como ocurrió en
múltiples federaciones latinoamericanas y africanas tras participaciones
desastrosas.
4. Gobernantes: El fútbol
como termómetro del poder
Los políticos entienden
el Mundial como una herramienta de cohesión social o propaganda. Por ende, la
derrota puede desestabilizar gobiernos enteros.
En un contexto aún más
extremo, la famosa "Guerra del Fútbol" (1969) entre El
Salvador y Honduras se encendió tras una serie de partidos de eliminatoria para
el Mundial de México 1970. Las tensiones agrarias y políticas preexistentes
entre ambas naciones utilizaron los incidentes y las derrotas en la cancha como
el catalizador definitivo para un conflicto armado real que duró cien horas y
dejó miles de muertos.
Gobierno de Francia
(Sudáfrica, 2010): El escándalo de la eliminación francesa
(que incluyó huelgas de futbolistas en pleno torneo) escaló a nivel de Estado.
La Asamblea Nacional francesa convocó a una comisión parlamentaria de
investigación donde los ministros interrogaron formalmente a directivos y
técnicos para exigir cuentas por dañar el honor del país.
Gobierno de Ghana
(Brasil, 2014): Tras un caótico torneo marcado por
protestas de los jugadores por falta de pagos, el presidente del país tuvo que
enviar un avión con 3 millones de dólares en efectivo. Tras la pronta
eliminación, el gobierno ordenó una auditoría interna masiva y la creación
de una Comisión Presidencial que destituyó a los ministros de Deportes
involucrados
Zaire
perdió
sus dos primeros partidos en el mundial de 1974, el segundo, 9-0 contra
Yugoslavia. El dictador africano Mobutu, envió entonces unos emisarios al hotel
para decirles que si perdían por más de tres goles contra la Brasil campeona de
1970 no volverían a ver a sus familias.
En
ningún otro deporte la línea que separa el estatus de deidad nacional del
exilio, la condena o la muerte es tan delgada. El Mundial no es solo un torneo;
es un espejo amplificado de las tensiones, las neurosis y las oscuridades de
las sociedades que lo juegan. El Mundial no es un simple torneo de fútbol; es
un gigantesco espejo social y político. Cuando la pelota rueda, la estabilidad
emocional de millones de personas pende de un hilo, y cuando se rompe, la
realidad suele reclamar sus facturas con una dureza implacable.
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