EL LADO OSCURO DE INFANTINO
Jesús Elorza
Cuando el 27 de mayo de
2015 el lujoso hotel Baur au Lac de Zúrich fue escenario de las detenciones que
hicieron saltar por los aires la cúpula de la FIFA, el mundo del fútbol creyó
asistir al fin de una era. Joseph Blatter, el ajedrecista político que había
sobrevivido a décadas de sospechas basando su permanencia en la compra de
lealtades, se vio forzado a dimitir. Su delfín y favorito, Michel Platini, cayó
con él en el efecto dominó. La organización quedó expuesta, carente de
legitimidad y con un vacío absoluto de poder. Fue en ese preciso instante de cenizas
institucionales donde emergió la figura de Gianni Infantino.
El entonces secretario
general de la UEFA se presentó ante el mundo con el pulcro traje de un
reformista. Habló de transparencia, límites de mandatos, democracia y de una
profunda reestructuración ética. Incluso, en un calculado ejercicio de
modestia, aseguró que se retiraría si Platini era exonerado. Pero tras la
fachada del burócrata moderno y componedor, Infantino comprendió de inmediato
la lección más antigua y efectiva del "Blatterismo": en los pasillos
de la FIFA, la retórica convence, pero el dinero compra la sumisión.
"El dinero de la
FIFA es vuestro dinero", proclamó Infantino ante el Congreso antes de su
primera elección, un mantra que repitió palabra por palabra en su reelección de
2019. Al prometer un aumento drástico en las distribuciones financieras a las
federaciones locales, el suizo no inauguraba una nueva era; continuaba un
sistema donde el desarrollo del fútbol es el argumento perfecto para asegurar
votos y perpetuarse en el cargo.
Sombras domésticas: El
Comité de Ética bajo asedio
La gestión de Infantino
no necesitó tiempo para ensuciarse; las dudas lo acompañaron desde el primer
mes. Su nombre apareció en los Papeles de Panamá debido a contratos
comerciales de televisión firmados durante su etapa en la UEFA con una empresa offshore.
Apenas se acomodaba en el sillón presidencial cuando, en 2016, el propio Comité
de Ética de la FIFA abrió una investigación interna en su contra. Las alarmas
saltaron por el uso discrecional de aviones privados financiados por países
aspirantes a organizar el Mundial, gastos personales desproporcionados
facturados directamente a la FIFA —que incluían desde colchones y flores hasta
lavandería personal— y el nombramiento sospechoso de altos cargos como la
secretaria general, Fatma Samoura, sin procesos reales de idoneidad.
Aunque estas acusaciones
iniciales fueron archivadas sin sanciones, el patrón de control y
neutralización de la disidencia interna no tardó en consolidarse. En 2017, la
tensión estalló cuando Cornel Borbély, jefe de la cámara de investigación del
Comité de Ética, comenzó a indagar si Infantino y Samoura habían maniobrado
políticamente para imponer al controvertido Ahmad Ahmad en la presidencia de la
Confederación Africana de Fútbol (CAF). Poco después, Borbély fue apartado de
su cargo. Ahmad Ahmad, por su parte, terminaría cayendo por malversar fondos de
desarrollo del fútbol para pagar viajes religiosos a La Meca.
El episodio más turbio a
nivel legal ocurrió en 2020, cuando la justicia suiza abrió una investigación
penal por una serie de reuniones secretas y no registradas oficialmente entre
Infantino y el Fiscal General de Suiza, Michael Lauber. En ese momento, Lauber
lideraba las investigaciones contra la corrupción de la era Blatter. Que ni el
fiscal ni el presidente de la FIFA lograran recordar de qué hablaron en esas
citas, y que no existieran actas oficiales de los encuentros, dejó una mancha
indeleble sobre la independencia de la justicia helvética. Aunque el caso se
cerró en 2023 sin cargos criminales, la señal fue contundente: el reformista
prefería los pactos en la sombra a la rendición de cuentas pública.
De Zúrich a Moscú: El
fútbol al servicio de la autocracia
El verdadero giro en la
presidencia de Infantino ocurrió cuando trasladó su tablero de operaciones de
la política interna de Zúrich a la geopolítica de los Estados autoritarios. El
Mundial de Rusia 2018 fue el bautismo de fuego de una estrategia clara:
alinearse con el poder estatal, complacer al autócrata de turno y criminalizar
la crítica externa.
Meses antes del inicio
del torneo en Rusia, Infantino fustigó públicamente lo que llamó una
"tendencia occidental" a denigrar todo lo que provenía de Oriente.
Con ello, el presidente de la FIFA tendió una cortina de humo sobre un régimen,
el de Vladimir Putin, que ya había invadido Georgia en 2008, anexado Crimea en
2014 y diseñado el mayor sistema de dopaje de Estado en la historia del
deporte, destapado por los denunciantes Yuliya y Vitaly Stepanov junto al
periodista Hajo Seppelt. A Infantino no le importaron las denuncias de
violaciones de derechos humanos, las leyes persecutorias contra la comunidad
LGBTQ+ ni los abusos laborales en la construcción de los estadios.
La recompensa a su
docilidad llegó en 2019 en el propio Kremlin, donde Putin le condecoró con la
Orden de la Amistad de la Federación Rusa. Infantino, conmovido, agradeció el
"honor inimaginable" y defendió que Rusia 2018 había derribado los
"prejuicios" del mundo. El fútbol se había convertido en la
herramienta perfecta de lavado deportivo (sportswashing) para dictaduras
globales.
El negocio del silencio:
De Qatar a Arabia Saudita
El libreto ensayado en
Moscú alcanzó niveles paroxísticos en el Mundial de Qatar 2022. Ante el clamor
internacional por la muerte y explotación de miles de trabajadores migrantes,
la falta de libertad de expresión y la criminalización de las minorías
sexuales, Infantino ofreció una de las ruedas de prensa más bochornosas del
deporte moderno. Acusó a Europa de "hipocresía" occidental, minimizó
la tragedia humana argumentando que los salarios de los migrantes en Doha eran
superiores a los de sus países de origen y se declaró ciegamente alineado con
el emirato.
Sin embargo, el triunfo
definitivo de este modelo de sumisión financiera y geopolítica tiene fecha de
llegada: el Mundial de Arabia Saudita 2034. En una maniobra de ingeniería
burocrática, la FIFA eliminó cualquier proceso de licitación competitivo y
transparente, entregando el torneo en bandeja de plata al Reino saudí.
La designación ignora
deliberadamente una realidad interna represiva donde activistas como Loujain
Alhathloul son encarceladas, torturadas y violadas por defender los derechos de
las mujeres, y donde las ejecuciones masivas y el silenciamiento de periodistas
son política de Estado. Para cubrir el expediente, la evaluación de riesgos de
la FIFA se apoyó en un informe de derechos humanos elaborado por Clifford
Chance, un bufete legal con intereses económicos vinculados al propio gobierno
saudí. El fútbol vuelve a ser el bálsamo para normalizar un régimen autocrático
a cambio de contratos milmillonarios.
El cortesano de la Torre
Trump
Un estudio realizado en
2023 por el periodista Anders Dehn para la revista noruega Josimar
desveló una estadística demoledora: en sus apariciones y fotografías públicas
oficiales, Gianni Infantino posa casi el triple de veces junto a líderes de
corte autoritario que al lado de mandatarios democráticos. El suizo se siente
cómodo en las esferas del poder absoluto, donde las decisiones no pasan por
parlamentos ni controles institucionales.
Esta fascinación por el
poder personalista explica su estrecha y sumisa relación con Donald Trump, de
cara al Mundial de 2026. Infantino ha dejado de comportarse como el líder
neutral de un organismo global para actuar como un cortesano político. Ha
elogiado sin pudor al magnate, se ha colocado bajo su órbita e incluso creó de
la nada un "Premio de la Paz de la FIFA" —sin criterios públicos ni
comités independientes— para entregárselo en mano. Durante las reuniones de la
Junta de Paz de Trump, se le vio luciendo una gorra roja con la inscripción
"45-47", tomando partido de forma explícita en el devenir electoral
estadounidense, e incluso llegó al extremo de "anular"
arbitrariamente una tarjeta roja a un jugador tras una petición informal y
jocosa del mandatario.
El eterno retorno:
Regreso a la Torre Trump
Hay círculos que se
cierran con una ironía macabra. La gran investigación del FBI que en 2015
desmanteló la vieja FIFA comenzó gracias a los informes de Chuck Blazer, el
corrupto secretario general de la CONCACAF que guardaba sus secretos en la
Torre Trump de Nueva York, donde incluso alquilaba un lujoso apartamento
exclusivo para sus gatos.
En julio de 2025, bajo el
mandato del supuesto reformista Gianni Infantino, la FIFA inauguró oficialmente
sus nuevas y flamantes oficinas neoyorquinas precisamente allí, en la Torre
Trump.
Tras una década de
promesas de regeneración, códigos éticos renovados y discursos sobre una
organización limpia, la FIFA de Infantino ha regresado físicamente al kilómetro
cero del escándalo. El viaje de diez años no transformó a la institución; solo
perfeccionó sus mecanismos. Gianni Infantino apagó el fuego de 2015 no para
limpiar la casa, sino para reconstruir sobre sus cenizas un imperio más
hermético, inmune a la fiscalización, entregado al lavado de imagen de los
regímenes más cuestionables del planeta y profundamente cómodo en los salones
del poder autocrático. La "Nueva FIFA" resultó ser, al final del día,
la versión más sofisticada y peligrosa de la vieja.
No hay comentarios:
Publicar un comentario