Venezuela 1992-2026:
Del 4F al 3E
Jesús Elorza
La historia política de
Venezuela en las últimas tres décadas puede resumirse como la transición de un
asalto violento al poder hacia una estructura de dominación totalitaria que,
tras agotar su legitimidad, ha terminado por refugiarse en el fraude y la
usurpación.
El 4 de febrero de
1992 representó la tragedia inicial: un intento de golpe de Estado que
fracturó la estabilidad democrática. Liderado por el teniente coronel Hugo
Chávez, buscaba frenar la crisis de la época, pero terminó sembrando la semilla
de la división. Chávez entendió luego que el camino al poder absoluto requería
un disfraz: en 1998, bajo la narrativa de la "Tercera Vía",
logró captar a una sociedad agotada. Sin embargo, este enfoque no fue más que
un caballo de Troya para instaurar la Revolución del Siglo XXI, un modelo que
pronto reveló su naturaleza autoritaria.
Cuando el cáncer terminal
hizo inevitable el fin de su ciclo, Chávez, en un acto más propio de una
monarquía que de una democracia, designó a su sucesor. En su última alocución,
el "Rey" señaló a Nicolás Maduro como el heredero del trono
bolivariano. Esta fase marcó una debacle económica sin precedentes y una
represión a sangre y fuego que forzó el éxodo de millones, transformando la
"revolución" en una lucha desesperada por la supervivencia de la
cúpula.
El 28 de julio de 2024,
envalentonado por el control de las instituciones y por los
"mensajes" que decía recibir de su antecesor (el recordado episodio
del "pajarito"), Maduro permitió la celebración de elecciones
presidenciales el 28 de julio de 2024. Su retórica era de
invencibilidad: "La revolución es indetenible". El resultado
fue una derrota estrepitosa: Edmundo González Urrutia, respaldado por
María Corina Machado, barrió en las urnas. La respuesta del régimen fue la
farsa: un anuncio en una "servilleta" del CNE sin actas, consumando
una dictadura de facto que secuestró la voluntad popular.
El 3 de enero de 2026
marca el cierre de un círculo vicioso. La captura de Nicolás Maduro bajo cargos
de narcotráfico por parte de la administración Trump, mediante la
operación "Absolute Resolve", ha desmantelado la narrativa del
"presidente obrero" para reducirlo a lo que las cortes
internacionales señalaban: el líder de una estructura criminal.
Sin embargo, la solución
impuesta por Washington ha resultado ser una paradoja amarga: la designación de
Delcy Rodríguez como presidenta interina bajo el ala de la nueva
autoridad norteamericana. Al mantener la estructura madurista pero sin Maduro,
se intenta una "estabilidad" que ignora al Presidente Electo, Edmundo
González. Es el triunfo del pragmatismo petrolero sobre la soberanía popular. Con
figuras como Marco Rubio supervisando la transición, Venezuela pasa de ser una
dictadura autárquica a un protectorado administrativo donde la oposición
democrática ha sido, hasta ahora, un convidado de piedra.
No deja de ser una ironía
digna de una comedia negra el ver la gimnasia mental de los
"revolucionarios de café" y los jerarcas que aún quedan. Tras 25 años
rompiéndose las cuerdas vocales gritando "¡Yankee go home!",
quemando banderas y culpando al "imperio" hasta de la falta de
lluvia, hoy los vemos practicando su inglés de urgencia. Con la captura de su
líder y el ascenso de Delcy bajo la bendición de Trump, la consigna ha sufrido
una metamorfosis mágica: ahora es "¡Yankee Welcome!" (o al
menos, "Yankee, stay and pay").
Parece que el "olor
a azufre" que sentía Chávez en la ONU se ha transformado en el dulce aroma
del crudo negociado en Houston. Los mismos que prometían "rodilla en
tierra" contra el invasor, hoy parecen estar haciendo fila para que el
Secretario de Guerra les asigne una oficina en la nueva "transición
tutelada".
Como bien señaló Karl
Marx: "La historia se repite, primero como tragedia y después como
farsa". El 4 de febrero de 1992 fue la tragedia de una bota militar; el 3
de enero de 2026 es la farsa de una transición donde el verdugo se pone la
banda presidencial con el permiso del sheriff, mientras el pueblo que votó el
28-J sigue esperando que su voluntad sea, finalmente, respetada.
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