Sombras nada más
Jesús Elorza
Venezuela ha logrado una hazaña científica y sociológica sin precedentes: la democratización absoluta de las sombras. En una transición milagrosa que dejaría atónito a cualquier físico cuántico, los cortes de luz programados pasaron de ser breves pausas de 2 horas a prolongadas e inmersivas sesiones de 6 y 8 horas diarias. La gestión del régimen tutelado de Delcy Rodríguez ha demostrado un talento inigualable para la alquimia inversa: convertir la infraestructura hidroeléctrica de un país entero en un gigantesco adorno de hierro oxidado.
Frente al colapso, la respuesta gubernamental ha rozado el sublime arte del absurdo. Con una seriedad digna de un comité de sabios, el régimen ha vuelto a exigir a los ciudadanos que se apeguen estrictamente a un "programa de racionamiento energético". La reacción colectiva no se ha hecho esperar: entre la indignación visceral y una arrechera monumental, los venezolanos se preguntan en cada esquina cómo se supone que se raciona un bien inexistente. Exigir racionar la electricidad en medio de este caos es equivalente a pedirle a un sediento en el desierto que modere su consumo de agua de lluvia.
Sin embargo, si algo ha caracterizado este drama, es la capacidad de la población para responder a la incapacidad con ironía y protesta viva. La indignación ciudadana desbordó las calles, pero no solo con pancartas. Primero vinieron las marchas a la luz de las velas, creando procesiones fúnebres dedicadas al sistema eléctrico nacional; luego, las romerías de ciudadanos desfilando hacia las sedes de Corpoelec con los cadáveres de sus electrodomésticos en brazos —neveras quemadas, microondas fritos y televisores tostados depositados en la puerta como ofrendas a la incompetencia estatal—, aderezado todo con el ensordecedor e infaltable estruendo de los cacerolazos.
Pero el pico de la creatividad popular alcanzó su cumbre recientemente. Descartando los discursos tradicionales, la ciudadanía decidió llevar la protesta directamente a las residencias de los usurpadores y gobernantes tutelados a nivel regional y nacional. ¿La herramienta de presión? Una serenata.
El repertorio no dejó margen de duda ni necesidad de interpretación. La multitud entonó a una sola voz Sombras nada más, el legendario bolero inmortalizado en 1963 por el gran Felipe Pírela junto a la orquesta Billo's Caracas Boys. Escuchar a cientos de voces cantar al unísono bajo la penumbra total:
Sombras, nada más
Acariciando mis manos
Sombras, nada más
En el temblor de mi voz
Pude ser feliz
Y estoy en vida muriendo
Y entre lágrimas viviendo
El pasaje más horrendo
De este drama sin final...
La escena fue tan magistralmente impactante que cruzó fronteras. La serenata protesta no se detuvo en las urbanizaciones de la élite local, sino que encontró su eco en las puertas del club Mar-a-Lago, en Palm Beach, Florida, residencia de Donald Trump. Allí, un grupo de venezolanos se apostó para cantar un arreglo adaptado a la coyuntura geopolítica:
Pudimos ser felices
Pero estamos en vida sufriendo
Y en oscuridades viviendo
El pasaje más horrendo
De este drama sin final...
Melania Trump, extrañada por la melancólica melodía que retumbaba en las palmeras de Palm Beach, pidió de inmediato a su asistente que le tradujera el contenido lírico del manifestante coro. Al escuchar el desgresado verso ("We could have been happy, but we are suffering in life, living in darkness—the most harrowing passage of this never-ending drama"), la primera dama miró a Donald con una sonrisa socarrona y le dijo:
—Yo sabía que el botín era solo el petróleo y lo demás no importa. Pero, en el peor de los casos, hay que reconocerte algo: hemos contribuido grandemente a desarrollar la creatividad musical en ese pueblo.
A pesar del sarcasmo imperial y de la desfachatez tropical de la cúpula que gobierna en la oscuridad, la serenata venezolana concluyó con un mensaje tajante y democráticamente expresivo. Al cerrar las notas del bolero, el coro popular dejó clara la lección de fondo que ni los apagones de 8 horas ni los discursos de racionamiento ficticio podrán borrar de la memoria colectiva la soberanía popular:
El 28 de julio de 2024
claramente lo dijimos
y hoy lo repetimos:
¡las elecciones son el camino!

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