sábado, 6 de junio de 2026

 









Literatura y Fútbol

 Jesús Elorza

La literatura y el fútbol comparten una relación profunda, ya que ambos son narrativas que exponen el comportamiento humano, las pasiones, las contradicciones y la catarsis colectiva. Lejos de la antigua idea de que el balompié carece de valor intelectual, grandes autores han utilizado este deporte para explorar la identidad cultural y la vida misma. Podemos citar entre otros a:

  • Eduardo Galeano (Uruguay): Su libro El fútbol a sol y sombra es considerado el clásico absoluto de la literatura futbolística. Combina historia, poesía y anécdotas para construir una crónica sentimental del deporte. Su texto nos ofrece un compendio de la Historia del fútbol —contada con su particular estilo— en el que intercalaba pequeñas historias que recogían el alma del balompié. Todas, las grandes y las pequeñas, culminaban con una frase precisa que hacía las veces de perfecto remate a la red. El autor fue uno de los primeros en alertar sobre la deriva que estaba tomando el fútbol —la misma que la vida—: hacia los beneficios netos, la desigualdad, la falta de empatía y, eso sí, una constante fotografía del ser humano. Como muestra, aquella vez que se celebraba un partido en Quito. La madre del árbitro había fallecido el día anterior. Pese a ello, el árbitro decidió cumplir con sus obligaciones. Antes del inicio del partido, se guardó un respetuoso minuto de silencio por la difunta madre. También se pronunció un sentido discurso alabando la profesionalidad y el compromiso del colegiado. El público aplaudió con emotividad. Cuando iban 15 minutos de partido, el equipo local anotó un gol. El árbitro lo anuló. Entonces, la grada se acordó de nuevo de su madre. “¡Huérfano de puta!”, dicen que se escuchó.
  • Mario Benedetti (Uruguay): Compatriota de Galeano, Benedetti no fue ajeno a la pasión del tablón y entendió el fútbol como un espejo de la vida cotidiana del ciudadano común. En su célebre cuento "Puntero izquierdo", el autor retrata con crudeza y una ironía entrañable las presiones, la corrupción y los dilemas morales de un jugador amateur de barrio que se debate entre el soborno y su orgullo deportivo. Benedetti plasma la cancha no solo como un espacio de juego, sino como un escenario donde se disputan la dignidad, la lealtad y las tensiones sociales del día a día, demostrando que un partido de noventa minutos puede contener todo el drama de la existencia humana.
  • Juan Villoro (México): En su obra ensayística Dios es redondo, analiza el fenómeno social, la pasión y la mística que rodean a las canchas y a sus protagonistas. En sus columnas futbolísticas, Villoro ofrece un singular destilado de intelectualidad y pasión. Sus crónicas del mundial de 1998 y sus certeras reflexiones de aquellos años son parte de la historia de la literatura y el balompié. Leídas con la perspectiva del tiempo, se entiende aquello que dijo Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”.
  • Eduardo Sacheri (Argentina): Conocido por sus novelas (como La pregunta de sus ojos, adaptada al cine), captura magistralmente la épica cotidiana y la nostalgia de los hinchas de fútbol. Sacheri logra convertir el amor por los colores de un club en el motor de historias humanas profundas sobre la amistad, la traición y la justicia.
  • Albert Camus (Francia): El célebre filósofo y escritor fue portero en su juventud (en el Racing Universitario de Argel), y dejó una de las frases más recordadas sobre el compañerismo y la moral: "Lo que más sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol". Para Camus, la cancha era el único lugar donde los seres humanos se mostraban puros y sin máscaras.
  • Ruy Castro (Brasil): Su obra Garrincha, Estrella Solitaria (1995) es probablemente la mayor obra periodística jamás realizada sobre un gigante del fútbol. Más que un reportaje, una biopsia; la narración sofocante de Ruy Castro abandera los principios de la escuela de Frankfurt basados en la Teoría Crítica, que buscaba desenmascarar las estructuras de poder y cuestionar profundamente la sociedad capitalista industrial, la cultura de masas y la razón instrumental. No trabaja sobre la realidad ya dada, sino que intenta revelar la cara escondida del show. Un ejercicio crítico imprescindible para constituir verdadero periodismo; una hazaña prácticamente inviable desde que el fútbol se transformó en una industria con la complicidad del entramado mediático que se financia de su misma raíz. Ni los organizadores de torneos, ni los ídolos, ni los hinchas que los idolatran, ni los consumidores del entretenimiento que todos producen, ni mucho menos las compañías que adquieren los derechos de difusión a cambio de fortunas, están interesadas en cuestionarse a sí mismos.
  • Nick Hornby (Reino Unido): En 1992 apareció en Inglaterra un libro titulado Fiebre en las gradas (Fever Pitch, editado por Anagrama). Lo escribía Hornby, un tipo nacido en 1957 en Maidenhead, localidad a una hora en coche de Londres. Hornby hizo algo que, hasta entonces, nadie había hecho —o nadie, al menos, había hecho tan bien—: poner palabras a su relación obsesiva con el Arsenal londinense. El libro habla de fútbol, sí —ordenado cronológicamente de 1968 a 1992, donde el subtítulo de cada capítulo son la fecha y los contendientes de un partido— pero sobre todo habla de los hinchas y de cómo el fútbol moldea su identidad y sus etapas vitales. En una época en la que los seguidores eran considerados una masa compacta y un poco cerril, alguien saltaba al terreno de juego de los libros a intentar explicar una pregunta casi filosófica: ¿por qué alguien se hace de un equipo? ¿Qué lleva a una persona a cruzarse un país un miércoles por la noche para ver un partido de segunda o tercera división? Hornby lo explica con gracia, con un necesario toque de ironía aplicado a sí mismo y un lenguaje tan sencillo y certero que invita a la lectura a los que son futboleros y a los que no. El talento del autor lleva el libro mucho más allá: el fútbol es muchas cosas, entre ellas un estupendo pasatiempo para que padres e hijos puedan pasar juntos un rato sin necesidad de buscar —y encontrar, lo cual puede ser incluso peor— un tema de conversación.

En síntesis, podemos decir que la literatura y el fútbol comparten una relación profunda, ya que ambos son narrativas que exponen el comportamiento humano, las pasiones, las contradicciones y la catarsis colectiva. Lejos de la antigua idea de que el balompié carece de valor intelectual, grandes autores han utilizado este deporte para explorar la identidad cultural y la vida misma.

 


jueves, 4 de junio de 2026

 










Tarjeta Roja: A la FIFA

El sueño imposible del Mundial 2026

Jesús Elorza

El fútbol nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular, un espacio donde la pasión no entendía de clases sociales. Sin embargo, hoy ha sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática. La reciente evolución del negocio de la FIFA —con ingresos proyectados de 11.000 millones de dólares para este ciclo y la expansión del torneo a 48 selecciones— es el reflejo exacto de esta mutación. En el siglo XXI, la ética queda fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad, transformando el sueño de asistir a la Copa del Mundo 2026 en Estados Unidos en una misión imposible para el aficionado común.

Lo que originalmente se prometió como un evento accesible ha mutado en un golpe drástico al bolsillo. Aunque la FIFA fijó precios oficiales iniciales desde $60 dólares, la realidad del mercado es abusiva. En los canales de reventa oficial, un boleto de categoría 3 para la final se cotizó en casi $20.000 dólares, mientras que la propia FIFA elevó el precio oficial más alto de la final a $10.990 dólares en abril. Para la fase de grupos, las entradas en reventa oscilan entre los $300 y $1.800 dólares. El boleto es solo el primer shock.

A esto se suma el colapso financiero que representa el hospedaje. Datos de The New York Times revelan que el precio promedio en hoteles cercanos a las sedes se disparó de $293 a $1.013 dólares por noche durante los días de partido (un alza del 328%). Ciudades como Houston encabezan este abuso con incrementos del 457%, seguidas por Kansas City (364%) y Atlanta (344%).

El transporte local tampoco da tregua. En Nueva York, el tren de ida y vuelta al MetLife Stadium alcanzó los $98 dólares, obligando a la intervención política para habilitar autobuses más económicos. Por su parte, Uber ofrece furgonetas compartidas desde $45 dólares, pero las tarifas dinámicas alrededor de los estadios amenazan con triplicarse al sonar el pitazo final. En Dallas, la situación empeora: el AT&T Stadium no cuenta con conexión ferroviaria directa, forzando a los asistentes a depender de transporte privado para recorrer las casi 15 millas desde el centro.

Si analizamos un presupuesto real para un solo partido de fase de grupos en Dallas, los números son alarmantes:

Concepto

Costo Estimado (Por Persona)

Boleto (Reventa, fase de grupos)

$300 – $800

Hotel (2 noches)

$300 – $600

Vuelo doméstico (Ida y vuelta)

$400 – $900

Transporte local

$80 – $150

Comida (2 días)

$160 – $200

Total Estimado

$1.240 – $2.650

Para un fanático que desee seguir a su equipo en varias ciudades, el costo se dispara fácilmente entre los $5.000 y $10.000 dólares, sin contar los gastos de visado y pasajes internacionales.

Asistir al Mundial se ha vuelto un lujo prohibitivo. Mientras el balón ruede, los organizadores apartan la mirada de la realidad económica de los fanáticos. La pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde el marketing corporativo transforma cada gol en dividendos. El deporte ya no se justifica por el juego, sino por su capacidad para generar un show permanente, dejando a la verdadera hinchada en el banquillo de los acusados por el simple pecado de no poder pagar la entrada.

El negocio del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad.


 









Mundial de Futbol

“El gran negocio”

Jesús Elorza

En su ensayo La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa plantea una tesis demoledora: la cultura actual prioriza el entretenimiento sobre los valores intelectuales, transformando la política, la religión y el arte en meras formas de diversión superficial. El fútbol profesional no escapa a esta metamorfosis. Lo que nació como una manifestación deportiva y social de arraigo popular ha sido devorado por una voraz maquinaria corporativa y mediática. La reciente evolución del negocio de la FIFA —con sus ingresos proyectados de 11.000 millones de dólares para el ciclo actual y la expansión del Mundial a 48 selecciones y 104 partidos— es el reflejo exacto de esta mutación. El deporte ya no se justifica por el juego en sí, sino por su capacidad para generar un show permanente que mantenga cautiva a la audiencia global.

Esta obsesión por maximizar el inventario comercial —más minutos de publicidad, más vallas, más productos bajo licencia— demuestra que en la civilización del espectáculo todo activo es vendible si garantiza entretenimiento. Sin embargo, detrás de la brillante escenografía de las transmisiones en alta definición, las zonas de aficionados y el lujo corporativo de los paquetes de hospitalidad, se esconde una realidad mucho más sombría: una profunda degradación ética institucional que operó con impunidad durante décadas.

El terremoto judicial del "FIFA-Gate" en 2015 desnudó cómo la corrupción se convirtió en el mecanismo sistemático de gestión en todas las confederaciones regionales del planeta. Desde Sudamérica con la Conmebol hasta el Caribe con la Concacaf, pasando por los feudos federativos de África, Asia y Oceanía, los derechos de transmisión televisiva y la asignación de las sedes mundialistas se convirtieron en mercancías al mejor postor. Presidentes de federaciones y altos directivos vendían sus votos y adjudicaban contratos a cambio de sobornos millonarios ocultos en paraísos fiscales. Dirigentes extravagantes utilizaron los fondos destinados al desarrollo del fútbol base para financiar estilos de vida suntuosos, mientras los países sedes asumían deudas públicas colosales construyendo estadios condenados a convertirse en "elefantes blancos".

Aquí es donde la investigación económica del fútbol conecta perfectamente con la crítica de Vargas Llosa. En una sociedad donde el valor supremo es la diversión, la estética desplaza por completo a la ética. Mientras el balón ruede y el espectáculo sea lo suficientemente atractivo, los aficionados y los grandes patrocinadores tienden a apartar la mirada de las dinámicas criminales subyacentes. El escándalo de los sobornos, la malversación de fondos institucionales y la impunidad de los dirigentes fueron tolerados durante años porque la maquinaria del show no podía detenerse.

Aunque tras las intervenciones del Departamento de Justicia de los Estados Unidos la FIFA se vio obligada a implementar reformas estructurales —como auditorías estrictas a través de los programas FIFA Forward y la limitación de mandatos—, el fútbol profesional sigue bajo constante sospecha. El modelo actual no ha renunciado a la espectacularidad; al contrario, la ha profundizado. El negocio del Mundial de fútbol nos demuestra que, en el siglo XXI, la pasión de miles de millones de personas ha sido perfectamente canalizada para sostener un entramado donde la geopolítica y el marketing corporativo transforman cada gol en dividendos económicos, confirmando que, en el gran teatro del mundo, la ética siempre corre el riesgo de quedar fuera de juego si el espectáculo garantiza rentabilidad.