De «Patria o Muerte» al «Chanel Nº 5»
Jesús Elorza
Hubo un tiempo en que las
paredes de la Organización de las Naciones Unidas temblaron bajo el retumbo de
la retórica antiimperialista. Corría el año 2006 y el difunto Hugo Chávez, en
un arranque de teatralidad tropical, persignándose e invocando la salvación del
Altísimo, declaraba desde el podio neoyorquino que en el recinto todavía
"olía a azufre" porque por allí había pasado el "diablo" en
persona: George W. Bush. Aquel drama revolucionario, saturado de gas metano
ideológico, pólvora y soberanía de micrófono, marcó una época.
Pero los tiempos cambian,
la geopolítica evoluciona y el sentido del olfato del régimen venezolano ha
sufrido una metamorfosis tan drástica que dejaría atónito al mismísimo Jean-Baptiste
Grenouille el protagonista de la novela El perfume, del escritor alemán Patrick
Süskind.
En la Asamblea General de
la ONU de 2026, el turno al bate le correspondió a la usurpadora vicepresidenta
e “ilustre diplomática” Delcy Rodríguez. Sin embargo, quienes esperaban el
habitual libreto de "pitiyankis", "bloqueos criminales" e
"imperio voraz", se quedaron atónitos. Delcy no llevó al recinto
Biblia alguna ni invocó el tufo del averno. En su lugar, ajustándose los
anteojos y con una sonrisa que destilaba una devoción casi celestial, bajó la
cabeza con elegancia sumisa ante el mapamundi para rendir honores a su
verdadero guía espiritual y protector internacional: Donald J. Trump.
Olvidado quedó el azufre.
La nueva diplomacia de la "revolución" no huele a petróleo pesado del
Orinoco ni a combustión social; huele, según palabras de la propia portavoz, a
la más pura y refinada fragancia de Chanel Nº 5.
«Que el mundo entero lo
sepa», proclamó con orgullo no disimulado desde el estrado. «Gracias a las
sabias enseñanzas de mi excelso tutor, el presidente Donald Trump, he podido
alcanzar este nivel supremo de la diplomacia global. Solo bajo la mirada
protectora de nuestro tutor el mundo puede finalmente escuchar nuestras
políticas y comprender la sublime belleza de nuestra sumisión al vasallaje.
Aceptamos nuestro rol con hidalguía, gallardía y perfume francés».
En un discurso histórico
que dejó perplejos a los internacionalistas más experimentados, la
representante del gobierno venezolano dejó bien claro que las viejas alianzas y
las amistades de ayer han pasado al cesto de la basura de la historia. «Que no
haya confusiones en esta sala: yo no tengo nada que ver, ni en pensamiento ni
en olor, con Nicolás Maduro, y mucho menos con el trasnochado pensamiento de
Hugo Chávez. Mi aroma no es de caca, es de Coco», enfatizó en tono categórico.
Acto seguido, la alta
funcionaria se tomó un momento para saldar viejas rencillas de pasillo y
vestidor con la otrora intocable "primera combatiente", Cilia Flores.
«Durante años tuve que soportar esa pestilencia de colonia barata Jean Marie
Farina que usaba Cilia en los consejos de ministros. ¡Ya basta de
mediocridad olfativa! Que el mundo entero sepa desde este templo de la
diplomacia que la nueva consigna oficial e indestructible de nuestro proceso
es: ¡Chanel y Tutor por Siempre!».
El desglose de la agenda
gubernamental bajo este nuevo y perfumado esquema de protectorado no escatimó
en detalles técnicos ni en promesas de lealtad. Rodríguez anunció que los acuerdos
petroleros recientemente pactados con las corporaciones norteamericanas están
impregnados de una "exquisita y envolvente fragancia de Coco Chanel".
Y para despejar cualquier duda sobre el compromiso del régimen con su benefactor,
sentenció con autocrática firmeza: «No habrá elecciones en Venezuela hasta que
no hayamos entregado a nuestro tutor la última gota de nuestro petróleo. Ese es
el precio de la paz y de las buenas costumbres».
En cuanto a la política
interna, el rigor del régimen no perderá su esencia, solo ganará distinción.
Los presos políticos continuarán tras las rejas, e incluso se prevé una
ampliación de la infraestructura carcelaria para alojar a nuevos inquilinos que
no sepan apreciar el aroma del nuevo orden. Por su parte, la renovación de los
poderes públicos promete una pluralidad matemática envidiable: la conformación
del nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ostentará una impecable
correlación de 25 a 5 a favor de la causa tutelada, mientras que los cinco
rectores del nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) serán "cinco personas
sumamente amorosas" encargadas de velar por la estética del proceso.
Tras culminar la
alocución, Delcy Rodríguez detalló con ilusión su agenda privada en Nueva York.
Aclaró que, sostuvo una cumbre bilateral de altísimo nivel con el presidente
Trump, en la que contamos con la grata presencia de la primera dama Melania
Trump. Lejos de aburrirse con farragosos tratados de extradición o
macroeconomía, los temas centrales de la agenda oficial giraron estrictamente
en torno a la elegante manera de vestir de la pareja presidencial, la
combinación de sus corbatas y vestidos y la curaduría de sus perfumes de alta
gama.
Sin embargo, el clímax de
la jornada no ocurrió en el micrófono, sino en el ambiente.
Conforme avanzaba la oda
al tutelaje y el elogio desmedido al Chanel Nº 5, una extraña sensación
comenzó a apoderarse de la sala. Los delegados de las diferentes naciones
comenzaron a carraspear, a cubrirse la nariz con pañuelos y a cruzarse miradas
de profundo malestar. El ambiente dentro de la Asamblea General se volvió
denso, pesado, irresistible. Uno a uno, los diplomáticos de Europa, Asia,
África y América Latina abandonaron sus escaños en estampida, huyendo no de un
ataque químico, sino de un hedor sofocante.
Al finalizar el emotivo
discurso, el majestuoso recinto de las Naciones Unidas estaba absolutamente
vacío. Bueno, casi vacío. En medio del desierto de sillas de madera, solo
permanecía sentado, con expresión de perplejidad y una ligera mueca de
incomodidad, el delegado de los Estados Unidos.
A las afueras del
edificio, en los pasillos de la ONU, el consenso de los diplomáticos fue
unánime e incisivo. El régimen usurpador e interino de Venezuela había logrado
una hazaña inédita en la historia de la diplomacia mundial: intentar disfrazar
la descomposición política con cosmética de importación. En los corrillos
internacionales no se hablaba de otra cosa: la llamada revolución bolivariana
había completado su más brillante y grotesca evolución geopolítica, pasando sin
escalas —pero con mucho descaro— del Azufre al Chanel... aunque fuera un
Chanel Nº 5 chimbo.
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