miércoles, 23 de septiembre de 2026

 








De «Patria o Muerte» al «Chanel Nº 5»

Jesús Elorza

Hubo un tiempo en que las paredes de la Organización de las Naciones Unidas temblaron bajo el retumbo de la retórica antiimperialista. Corría el año 2006 y el difunto Hugo Chávez, en un arranque de teatralidad tropical, persignándose e invocando la salvación del Altísimo, declaraba desde el podio neoyorquino que en el recinto todavía "olía a azufre" porque por allí había pasado el "diablo" en persona: George W. Bush. Aquel drama revolucionario, saturado de gas metano ideológico, pólvora y soberanía de micrófono, marcó una época.

Pero los tiempos cambian, la geopolítica evoluciona y el sentido del olfato del régimen venezolano ha sufrido una metamorfosis tan drástica que dejaría atónito al mismísimo Jean-Baptiste Grenouille el protagonista de la novela El perfume, del escritor alemán Patrick Süskind.

En la Asamblea General de la ONU de 2026, el turno al bate le correspondió a la usurpadora vicepresidenta e “ilustre diplomática” Delcy Rodríguez. Sin embargo, quienes esperaban el habitual libreto de "pitiyankis", "bloqueos criminales" e "imperio voraz", se quedaron atónitos. Delcy no llevó al recinto Biblia alguna ni invocó el tufo del averno. En su lugar, ajustándose los anteojos y con una sonrisa que destilaba una devoción casi celestial, bajó la cabeza con elegancia sumisa ante el mapamundi para rendir honores a su verdadero guía espiritual y protector internacional: Donald J. Trump.

Olvidado quedó el azufre. La nueva diplomacia de la "revolución" no huele a petróleo pesado del Orinoco ni a combustión social; huele, según palabras de la propia portavoz, a la más pura y refinada fragancia de Chanel Nº 5.

«Que el mundo entero lo sepa», proclamó con orgullo no disimulado desde el estrado. «Gracias a las sabias enseñanzas de mi excelso tutor, el presidente Donald Trump, he podido alcanzar este nivel supremo de la diplomacia global. Solo bajo la mirada protectora de nuestro tutor el mundo puede finalmente escuchar nuestras políticas y comprender la sublime belleza de nuestra sumisión al vasallaje. Aceptamos nuestro rol con hidalguía, gallardía y perfume francés».

En un discurso histórico que dejó perplejos a los internacionalistas más experimentados, la representante del gobierno venezolano dejó bien claro que las viejas alianzas y las amistades de ayer han pasado al cesto de la basura de la historia. «Que no haya confusiones en esta sala: yo no tengo nada que ver, ni en pensamiento ni en olor, con Nicolás Maduro, y mucho menos con el trasnochado pensamiento de Hugo Chávez. Mi aroma no es de caca, es de Coco», enfatizó en tono categórico.

Acto seguido, la alta funcionaria se tomó un momento para saldar viejas rencillas de pasillo y vestidor con la otrora intocable "primera combatiente", Cilia Flores. «Durante años tuve que soportar esa pestilencia de colonia barata Jean Marie Farina que usaba Cilia en los consejos de ministros. ¡Ya basta de mediocridad olfativa! Que el mundo entero sepa desde este templo de la diplomacia que la nueva consigna oficial e indestructible de nuestro proceso es: ¡Chanel y Tutor por Siempre!».

El desglose de la agenda gubernamental bajo este nuevo y perfumado esquema de protectorado no escatimó en detalles técnicos ni en promesas de lealtad. Rodríguez anunció que los acuerdos petroleros recientemente pactados con las corporaciones norteamericanas están impregnados de una "exquisita y envolvente fragancia de Coco Chanel". Y para despejar cualquier duda sobre el compromiso del régimen con su benefactor, sentenció con autocrática firmeza: «No habrá elecciones en Venezuela hasta que no hayamos entregado a nuestro tutor la última gota de nuestro petróleo. Ese es el precio de la paz y de las buenas costumbres».

En cuanto a la política interna, el rigor del régimen no perderá su esencia, solo ganará distinción. Los presos políticos continuarán tras las rejas, e incluso se prevé una ampliación de la infraestructura carcelaria para alojar a nuevos inquilinos que no sepan apreciar el aroma del nuevo orden. Por su parte, la renovación de los poderes públicos promete una pluralidad matemática envidiable: la conformación del nuevo Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ostentará una impecable correlación de 25 a 5 a favor de la causa tutelada, mientras que los cinco rectores del nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE) serán "cinco personas sumamente amorosas" encargadas de velar por la estética del proceso.

Tras culminar la alocución, Delcy Rodríguez detalló con ilusión su agenda privada en Nueva York. Aclaró que, sostuvo una cumbre bilateral de altísimo nivel con el presidente Trump, en la que contamos con la grata presencia de la primera dama Melania Trump. Lejos de aburrirse con farragosos tratados de extradición o macroeconomía, los temas centrales de la agenda oficial giraron estrictamente en torno a la elegante manera de vestir de la pareja presidencial, la combinación de sus corbatas y vestidos y la curaduría de sus perfumes de alta gama.

Sin embargo, el clímax de la jornada no ocurrió en el micrófono, sino en el ambiente.

Conforme avanzaba la oda al tutelaje y el elogio desmedido al Chanel Nº 5, una extraña sensación comenzó a apoderarse de la sala. Los delegados de las diferentes naciones comenzaron a carraspear, a cubrirse la nariz con pañuelos y a cruzarse miradas de profundo malestar. El ambiente dentro de la Asamblea General se volvió denso, pesado, irresistible. Uno a uno, los diplomáticos de Europa, Asia, África y América Latina abandonaron sus escaños en estampida, huyendo no de un ataque químico, sino de un hedor sofocante.

Al finalizar el emotivo discurso, el majestuoso recinto de las Naciones Unidas estaba absolutamente vacío. Bueno, casi vacío. En medio del desierto de sillas de madera, solo permanecía sentado, con expresión de perplejidad y una ligera mueca de incomodidad, el delegado de los Estados Unidos.

A las afueras del edificio, en los pasillos de la ONU, el consenso de los diplomáticos fue unánime e incisivo. El régimen usurpador e interino de Venezuela había logrado una hazaña inédita en la historia de la diplomacia mundial: intentar disfrazar la descomposición política con cosmética de importación. En los corrillos internacionales no se hablaba de otra cosa: la llamada revolución bolivariana había completado su más brillante y grotesca evolución geopolítica, pasando sin escalas —pero con mucho descaro— del Azufre al Chanel... aunque fuera un Chanel Nº 5 chimbo.

 


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